
Benjamin Casadiego
Un pintor se retrata a sí mismo. Pero, ¿cómo lo hace? Da un poco de miedo, la verdad. Cees Nooteboom, El enigma de la luz.
En 1685 Aert de Gelder se pintó a sí mismo como Zeuxis de Heraclea, pintor griego del siglo V a.C. que alcanzó a desarrollar una incipiente técnica de luces y sombras y, según dicen, murió de risa al tener que retratar a una mujer entrada en años: para este artista de la antigüedad que, según Plinio el Viejo, lucía una capa con su nombre bordado en oro, era claro que la belleza de la juventud y la naturaleza era lo único que merecía pintarse.
Zeuxis, o su representación, nos mira riendo y nosotros, como espectadores cómplices nos reímos con él, con lo que el triángulo de la burla y el chisme queda trazado: dos cómplices, nosotros y el pintor, más la causante de la risa que está a un lado. Además está claro un detalle que es la condición para que ese triángulo exista: la modelo no debe saber que nos estamos burlando descaradamente de ella, es por eso que permanece impasible e ingenua, pues el giro que ha dado el pintor hacia nosotros ha sido discreto: casi un guiño que luego provocaría su muerte. Nosotros como espectadores cómplices de esa burla hemos traspasado siglos como sombras sin que ella se entere de que allí estuvimos y allí estaremos para que ella exista. Si nos trasladamos a ese curioso instante de la historia del arte podemos imaginar a esa dama altiva y quizás poderosa huyendo aterrada del taller dando por hecho que el pintor se había vuelto loco. Moriría engañada; la risa no era de locura, era de burla.
Para Rembrandt Van Rijn, maestro de Gelder, la historia también resultaba cercanamente llamativa, de hecho la pintó 23 años antes que su discípulo. Le era cercana a él, burlón consumado: cuando pudo, cuando los cánones sociales de esa opulenta Holanda del siglo XVII lo agobiaban, pintó sin piedad en son de burla. Los últimos autorretratos lo muestran junto con su mujer Saskia, en tabernas, muertos de la risa, bebiendo y mirándonos con festiva complicidad. ¿Carcajada, risa o ironía es lo que uno percibe en los autorretratos de ambos artistas? “Más bien se percibe –escribe Cees Nooteboom- entre esos dos hombres un pacto secreto, una fraternidad irónica, como si para ellos no contara todo cuanto tiene valor en el mundo exterior. Escuelas, teorías, sí, sí, todo muy bonito, pero, espectador futuro, ¡mira mis dedos! Hay pintura en mis pinceles, pintura en la uña de mi dedo índice, con el que señalo el tarro de pigmento”.
La ronda de noche (1642), que cuelga solemne en el Rijkmuseum de Ámsterdam fue encargada a Rembrandt por el poderoso gremio de la guardia cívica y que el maestro termina retratándolos al borde de la payasada. Quienes tenemos la fortuna de ser herederos visuales de ese cuadro no nos importa gran cosa la anécdota perdida en los tiempos, celebramos con emoción contenida el esplendor del claroscuro y la composición, aunque en su tiempo haya sido una minuciosa burla que la burguesía neerlandesa le cobraría por ventanilla hasta casi dejarlo en la ruina. Pese a todo, sabemos que no lograron derrotarlo. Persiste la risa, el sentido del ridículo, esa es la imagen que nos queda: Rembrandt mirándonos, celebrando en interiores de tonos claros y oscuros, convertido en lienzo, junto a Saskia, su amada, diciéndonos, sin ánimo de revancha: He visto el mundo y tengo claro lo que puedo esperar de él.

¿Puede haber placer más intenso y al mismo tiempo delicado que el de reunirse en grupo a hablar mal de los ausentes, a reírnos de los defectos y los fracasos ajenos? Tal vez no. El chisme marca un signo de distinción entre los seres humanos y los animales: mucho antes del Banquete de Platón hasta las habladurías en nuestras cocinas urbanas o rurales, el chisme hace parte de los grandes beneficios del conversar: Según el sociólogo Isaac Joseph, las normas que refuerzan el chisme son menos normas de comportamiento que normas de comunicación. Es decir, prima la idea de encuentro y placer, más allá de lo que ahora pudiéramos llamar lo “políticamente correcto”. Y en esa arena se mantiene una regla de oro que nació sin reglamento escrito (puesto que el ejercicio es meramente oral, crece y muere dentro de la oralidad pura): el ausente, es decir el centro de nuestras burlas o nuestra rabia frustrada, no puede enterarse, preferible morir: morir de risa.
Pero hay otro placer, quizás más exquisito y peligroso, que el de reunirse a hablar del prójimo ausente. Es un placer que más allá de diferenciarnos de los animales, nos diferencia de los otros seres humanos. Es un placer tan delicado y peligroso como una cena con fugu en un restaurante de Tokio: podemos morirnos mientras comemos ese pescado que contiene cantidades letales de veneno en sus órganos internos, pero podemos salir siendo otro siendo nosotros como si esa cena hubiera desarrollado, más que acopio de proteínas y deleite al paladar, un encuentro certero con la sombra de nuestra muerte. Ese azar es el alto precio que debemos pagar, igual que en el restaurante, para disfrutar un placer que está un escalón arriba del chisme comunitario: el de mirarnos y reírnos de nosotros mismos. ¿De qué quedan hablando nuestros queridos amigos cuando dejamos una agradable velada y allí quedan ellos? ¿Qué piensan de nosotros las mujeres que han pasado por nuestras vidas? ¿Cómo organizamos el relato de nuestro fracaso al final de un día pésimo?
Tal vez hay indicios de que allí esté la nuez en el chocolate.
John Coetzee nos ofrece niveles de sabores y sensaciones a lo largo de su producción literaria; es, volviendo a los restaurantes, un cocinero que prepara cada noche un plato con delicadas sutilezas, tal vez en detalles que no tengan que ver con el plato en sí mismo, sino con ciertas luces en el ambiente, el trato, el saludo, la música al fondo, aquella especia desconocida en el fondo del paladar. Uno le agradece a él esa (¿sinceridad? ¿honestidad?) que define su obra, aunque sabemos que no basta la sinceridad, lo correcto o la calidez para construir una obra memorable. “Cuando trata de imaginar el tipo de poesía que fluiría de hacer lo correcto una y otra vez, solo ve un rotundo vacío”. (Juventud, 2002) “De todos modos, de la calidez no nace poesía. Rimbaud no era cálido. Baudelaire no era cálido. Ardiente, sí, eso sí, cuando hacía falta.” (Ibíd.).
Coetzee habla directamente de sí mismo en tres de sus obras: él es, dentro de su real ficción, John Coetzee visto por un novelista que conoce la técnica de narrar y que conoce muy bien a su personaje. No es el mejor perfil frente a un espejo el que Coetzee nos presenta. El tiempo que vive, el sentirse sudafricano, los sueños de juventud, las relaciones con los otros, la vida en pareja han sido abiertos por un bisturí sobre su mismo cuerpo, sin un whisky a la mano para amortiguar el dolor:
De vez en cuando, por ejemplo, se ve desde fuera: un chico-hombre preocupado, susurrante, tan aburrido y normal que nunca lo mirarías dos veces. Estos instantes de iluminación le perturban; no intenta alargarlos, trata de enterrarlos en la oscuridad, olvidarlos. ¿Es el yo que ve en esos momentos la persona que parece ser o lo que es en realidad? ¿Y si Oscar Wilde tiene razón y no hay verdad más profunda que la apariencia? (Juventud)
Es un hombre débil –repliqué-. Un hombre débil es peor que un mal hombre. Un hombre débil no sabe dónde detenerse. Un hombre débil está indefenso ante sus impulsos, te sigue a donde quiera que lo lleves (Verano)
Trazamos una línea entre su primera obra, Dusklands (1974) y Diario de un mal año (2007). La primera es una pregunta sobre el colonialismo neerlandés, del cual él tiene su propia historia al ser hijo de inmigrantes holandeses en Sudáfrica: el es un boer, un adjetivo que lleva colgado en el cuello con molestia; es su primera novela y allí se despliega una incontenible fuerza narrativa, igual de salvaje a esa historia sin misericordia, una fuerza que al pasar de los años se va concentrando en historias más íntimas. Diario de un mal año, es su postura política: democracia, nación, derechos ciudadanos. Una historia en tres niveles narrativos. Tres planos que se suceden al mismo tiempo y que el lector ve como transparencias que al superponerse unas con otras nos dejan ver el dibujo. Entre esas novelas comienza a escribir dos de los tres libros que conforman su trilogía autobiográfica: Infancia (2000) y Juventud (2002). Ambas escritas en tercera persona y en presente continuo, donde se habla de un niño y de un joven llamado John. Si el tono de Dusklands se asemeja al de un gato joven y juguetón, en las siguientes novelas parece un gato viejo que ya sabe los escondrijos del idioma y que espera paciente para darle caza a la palabra exacta y con ella a la historia. Entre la escritura de Infancia y Juventud, aparece El Maestro de Petersburgo (2001), un retrato de Dostoievski ante la paternidad: un encuentro a destiempo con el hijo adoptivo. Una de sus novelas más complejas y hermosas.
Verano (2009), el es final de su trilogía. A diferencia de los dos primeros tomos, en este un joven biógrafo inglés indaga por la vida de un escritor muerto: John Coetzee y pregunta a las personas que estuvieron cercanas a ese hombre, sus mujeres, su familia, sus amigos, hurga en los diarios íntimos y construye un perfil al que cualquiera quisiera acceder en vida: qué dicen nuestros semejantes de nosotros después de muerto, el asomo final, asomo nada más, de una certeza sobre nosotros mismos a través de los otros como una ficción, como el mismo escritor y los entrevistados, como Sophie, una de los personajes de Verano:
En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha hecho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión. Eso es todo.
Es el cierre de la trilogía, la burla íntima, en un intento por poner en orden su mundo privado, único espacio donde puede ser dueño soberano de su mirada. Atrás ha quedado la risa del otro que ya no importa, como no le importó a Rembrandt cuando se autorretrata subiéndole las enaguas a Saskia y levantando la copa: es la felicidad del trabajo creativo hasta el final.



