
Por: Ricardo Vergara Chávez, escritor y promotor de lectura, invitado a las Rondas de lectores en Caracolicito.
Hay aconteceres donde lo supremo agencia las fuerzas de lo vital. Hechos como festejos disidentes de lo común. Uno los vive y siente, los paladea y asume irrenunciablemente. No son recurrentes pero se dan. Y cuando suceden, la evasión no cabe; pues nos invaden como tonificantes que amainan la dureza de la cotidianidad, que con tantos sedimentos, la mayoría de la veces se torna pesada y obstaculiza a quienes trabajan o acometen acciones en procura del bien general.
De ello, lo supremo, debiéramos nutrirnos y airearnos, cosa de acopiar otras presencias, algo que nos ayude a direccionar de mejor manera el rumbo y no quedarnos entre la congoja de los que se quejan de la vida y sus afectaciones. Sería bueno que esto aconteciera y que nuestro hacer estuviese asistido siempre, no tímidamente, si no total, por aquello que enaltece, y así cuando elevemos plegarías a los sueños, conversemos con las cosas que nos lo permiten. Esto intento cuando converso con el ritmo del caracolí del Cesar, ese proyecto que, con amor hacia un pueblo, el gobierno, con la asistencia y devota entrega de Mónica Morón Cote, Carlos Guevara Támara -Gran Señor- Eliana Villarroel, Benjamín Casadiego y la eficiente presencia de instructores, bibliotecarios, forjadores de lectura y escritores, viene ejecutando, procurando lo trascendente.
Ahora mientras paladeo en él, tan igual a cuando saboreo los dulces del Caribe, e imagino las techumbres bajo las cuales se cobijan los seres que tienen la virtud de transformar las cosas, derivo en elucubraciones que me conducen a insinuar lo significativo que sería para el Gobierno y la paz de la nación, tomar como modelo, de entre los proyectos que en el país se ejecutan, este del Caracolí del Cesar, donde la comunidad toda participa, tarareando casi siempre de satisfacción en cada jornada, tal si vertieran en ello la vida o ésta fuese alegría consumada rezumando toda vez.
No es de otra manera, simplemente es así. Uno que ha tenido la suerte de asomarse a su esencialidad y a la correspondencia que guarda con la comunidad educativa, población objeto del proyecto, apenas habla de lo que alcanza a percibir; pues el zumun de éste, no son las palabras, en ocasiones emotivas, son los hechos allí latiendo, tocando al ser en su cosmogonía.
Registros van quedando de cada acción, y cada hecho atestigua lo grande del árbol y sus ramas. En Caracolicito, por ejemplo, pareciera haberse alcanzado toda altura, pues nadie pudo sustraerse del acontecer de un día lleno de fiesta, con esa multitud convergente de seres, en ejercicio de la búsqueda del conocimiento. Ahí autoridades civiles, militares, educadores, escritores, bibliotecarios, estudiantes, coordinadores y demás, se conjugaron en una especie de sinfonía de la cual aún me llega el eco.
De cuanto se puede argumentar, a más de la lectura, eje esencial del proyecto, está la correspondencia de éste con las preocupaciones de la comunidad: su historia, los caminos y viajes emprendidos en procura de una mejor existencia, la búsqueda del saber, sus orígenes y vínculos con lo propio, sin violentar nada, más bien, sumando todo en una gran complementariedad que enriquece. Así lo he sentido y presenciado en la indagación, los procederes, las formas de buscar, propiciar los nexos de la comunidad con su entorno, el mundo contemporáneo y sus hemisferios. En ese actuar, los lenguajes en su multiplicidad, afinan y surten la expresividad, en una convivencia qué se torna celebración.
Reconocerlo es digno, porque ello patentiza lo que se puede lograr cuando se trabaja con amor y disciplina, ya sea en lo individual o colectivo.
Cómo evitar que la emotividad y la alegría nos inunden cuando algo es bello y ese algo te afecta candorosamente. Yo no lo evito, por el contrario me sumerjo en ello, cuando recuerdo, no sólo la bienvenida brindada a quienes estuvimos en Caracolicito, si no también la presencia latente de la comunidad y específicamente de los niños, naturaleza básica y sustentadora de un proyecto que no excluye, ni siquiera al enfatizar en su filosofía.
Puede uno ahondar en detalles, dado que existen. Pero de sólo ver el fragor y denuedo de los niños en el viaje imponderable de la lectura, consigue vislumbrar lo que trasciende y se torna transferible a la sociedad. ¿Cómo se logra alcanzar altos niveles de lectura? se pregunta uno y la respuesta la encuentra en los años vertidos en esta función. No hemos de extrañar entonces que de 21 niños que compartieron con quien escribe esta nota, el 98% demuestre su tendencia a la hacia la lectura.
Gozo siente uno cuando indaga en ellos y encuentra que, dan razones de múltiples autores. En lo particular destaco la dicha que me causó encontrar en sus indagaciones, además de autores de literatura infantil, entre comillas, hallar algunos como: Fiódor Dostoyevski, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Horacio Quiroga, William Shakespeare, Albert Camus, entre muchos, incluidos los de acá, los del terruño.
A este proyecto, que hunde sus raíces en otro tiempo y que asoma vigoroso en el ahora, y a los artífices de la dinámica del mismo, rica en logros y realizaciones, los premiaran los futuros profesionales del Cesar que se cuecen en los núcleos formativos de cada nodo, donde tienen ocasión las semillas que se aprestan a germinar.
Para ellos y los beneficiarios un abrazo en esta navidad que comienza y el deseo de un buen camino en el futuro.
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