“Siempre imaginé que el Paraíso
sería algún tipo de biblioteca”.
Jorge Luis Borges.
Por: Félix Molina-Flórez, licenciado en lenguas modernas y escritor, responsable de la sala general de la biblioteca Rafael Carrillo en Valledupar.
La noche agónica empieza a derrumbarse afuera. Yo, adentro, trato de alejar su cadáver con la pequeña luz de la lámpara que ilumina esta hoja que cada vez es más blanca. Miro la taza de café que está a mi izquierda y pienso en Balzac. Él duraba horas y horas postergando su sueño para tratar de escribir algo que fuera digno de leer. Pienso en la locura de Ezra Pound que lo hacía creer que cada palabra podía ser una pieza inventada para construir una perfecta y sutil metáfora. Recuerdo que García Márquez dijo en alguna ocasión que siempre estaba dispuesto a hacer un cementerio de palabras muertas con aquellos caracteres que no le permitían nombrar los objetos que imaginaba.
Me incorporo y me hallo en otro tiempo. En un espacio disímil que se mueve por otras fascinaciones, por otros intereses, por otros lenguajes que, sin embargo, nos comunican las mismas cosas. Pablo Ramos me recuerda que la infancia es una maleta cerrada que aguarda el momento para ser abierta; lo mismo me dicta Dai Sijie. Ahora trato de evocar algunos apartes de mi normalísima existencia y no dejan de inquietarme algunas cosas. ¿En qué momento un pequeño objeto hecho de hojas empezó a ser significativo para mí? ¿De quién heredé ese afán de husmear en cada cúmulo de palabras la fascinación por descubrir cosas sin las cuales también podría vivir felizmente? ¿En qué paraje me bajé del bus de la existencia y tomé por vez primera uno de esos objetos para desnudar el sensual cuerpo de una palabra bien tallada?
Cuando tomaba el termo de café para ir a venderlo al mercado, (o ponía bajo mis pies los bultos de papas para lavarlos, o sostenía en mis manos las canastitas aquellas en las que había buñuelos que debía vender) jamás pensé que hoy estaría adecuando las palabras para contar esos eventos que bien podrían parecer obtusos para un lector ilustrado (si quiera que estas palabras no tienen la pretensión de impresionar). Aquella madruga, cuando ese hombre gordo me tiró encima el café porque se lo serví muy caliente, no imaginé que años después sostendría en mis manos un lápiz para contarlo. Sentado sobre ese andén, donde trataba de apaciguar el ardor, sentí que mis doce años empezaban a desnudarse frente a mí, ante la mirada impávida de las estrellas, y descubrí que había nacido por azar en una realidad que no estaba dispuesto a soportar. En una realidad cuya dinámica vacía me situaba en medio de una esfera extraña y sin sabor, donde las personas corrían y hablaban como zombis que se lanzan a una cascada de silencio.
En el mercado solo podía leer las palabras de los vendedores frustrados: —Hoy el día estuvo pésimo, no vendí ni para pagar la carga— Le oía decir con frecuencia a El Niño. El niño era un vendedor de guineo que me pagaba $1000 diarios para que le ayudara a abrir los sacos y las bolsas donde despachaba a los clientes. Tenía una cara marcada. En una ocasión le pregunté si alguna vez había ido a una biblioteca y me dijo que lo único que había leído en la vida era la pequeña etiqueta con la que vienen contramarcados los plátanos y guineos. Volví saber del El Niño ayer cuando leí en un periódico amarillista que fue ultimado a bala en el lugar donde por 15 años vendió sus amados guineos.
Yo siempre llegaba cabizbajo al mercado. No con la alegría maquillada de otros muchachitos que se les notaba una alegría exorbitante, sobre todo, cuando contaban los billetes que habían acumulado en el día. No había magia alguna en ese ambiente. No puede haberlo en un lugar donde tú vendes la tristeza que otros compran para echarla a la sopa. No puede haberlo en un lugar donde huele a barro y a sangre de res. Tampoco en una esfera irrisoria adonde no llegan los magistrados ni los connotados médicos a vender sus productos. Y lo corroboré, aún más, aquella mañana cuando escuché tres fuertes disparos. Todavía las tres detonaciones retumban en mi cabeza. Volteé mi rostro y pude ver, a menos de 10 metros de donde estaba, el cuerpo yerto de un cotero que había sido acribillado ante la mirada incrédula de todo el mundo. No podía ser feliz en un lugar en el que la alegría tiene cara moneda.
* * *
Recuerdo esa tarde cuando entré por primera vez a una biblioteca. Tomé mi pequeña bicicleta y sin permiso de mi madre me escapé para la casa de la Cultura. Y ahora me asalta una pregunta: ¿Por qué para la Casa de la Cultura? ¿Por qué no para el río o para una fiesta o un baile? ¿Por qué precisamente para un lugar del cual no había tenido suficientes noticias? Se me ocurre pensar que quizá la fría invitación que me hiciera un profesor de español en el colegio, haya sido una razón para hacerlo. Entré al segundo piso. Había allí un hombre sumamente pequeño que usaba gafas. Le pedí permiso para mirar los libros: — ¿Qué buscas?— me preguntó. —Libros— le respondí. Me miró con algo de rechazo y me permitió seguir. Ante mis ojos se dibujaban los rostros mudos de muchos libros. Ojeé algunos, sobre todo aquellos más viejos. En los libros viejos hay una extraña magia que difícilmente podría resumir. Tomé uno, de historia: Segunda Guerra Mundial. Hitler. Y leí hasta que el pequeño hombre me ordenó que saliera. Abandoné la biblioteca y en ese momento descubrí que ya no era el mismo que había entrado.
Ese día supe que mi universo debía de ser otro diferente al que la vida me quería imponer. Quise, enseguida, cambiar los plátanos, —el olor fétido de la cebolla podrida, el grito ensordecedor de la carne colgada en los ganchos de la carnicería— por libros. No sabía cómo hacerlo. Ni siquiera mis padres podían darme algo diferente a lo que ellos habían conseguido. Pero hubo una revelación que me hizo entender que no quería seguir madrugando solo para constatar que era un niño infeliz que debía vender para tener dinero. No me interesaba el discurso de quienes querían convencerme de que el que no sabe trabajar con las manos está obligado a más hostilidad.
* * *
Son las 3 de la mañana. Extrañamente siento que unos pasos torpes se dirigen del otro cuarto hacia la mesa donde escribo y leo. Es mi pequeña hija, ha descubierto que una luz interrumpió su sueño. Es posible que quiera reconocer quién fue el osado que se ha atrevido a despertarla. Siento vergüenza con ella, pues recuerdo que a mí también me daba indignación que mi padre me despertara con ese ruido agotador cuando se alistaba a organizar la chatarra que iba a vender temprano. Pero mi hija no ve chatarra, ni botellas vacía ni cartones acomodados. No. Mi hija se para en la puerta y detalla los dos pequeños anaqueles donde aguardan los libros que he conseguido en estos años. Me extiende los brazos para pedir que la cargue. Y recuerdo que ella, al igual que su hermana, no tendrá porqué madrugar para ir al mercado. Podrá levantarse a la hora que quiera y extender las manos y tomar los libros que desee para leerlos. Yo en cambio, en aquellas noches de insomnio, estaba obligado a permanecer acostado, porque, aparte de tornillos y latas de cerveza vacías, no había nada que justificara un momento de soledad frente a un objeto. En medio de esa oscuridad ensangrentada no tenía mucho en qué pensar. ¿Qué tanto puede meditar quien no ha hecho que su pensamiento transite por otras realidades? ¿Qué puede imaginar un pequeño de doce años cuyo patrimonio es una vieja bicicleta y unos zapatos heridos? Me percato de que mi hija se ha dormido nuevamente. La aprieto fuerte sobre mis brazos y la acuesto de nuevo en su lecho donde descansa un libro álbum medio destrozado.
* * *
Dentro de unas horas tendré que alistarme para ir al trabajo. ¡Qué dicha! Ahora sí me alisto con alegría para ir a trabajar. Antes, cuando hacía muchas otras cosas, era un martirio agotador el simple hecho de pensar que tenía que ir a trabajar. Cuando escuchaba el reloj ofensivo que me recordaba lo humano que soy sentía que una cascada se atascaba en mi garganta. Dentro de poco tomaré mi vieja moto (que una vez sirvió como vehículo de transporte urbano para los otros) para dirigirme a la Biblioteca, ya no como un niño que quiere ser feliz, sino como un hombre que a veces lo es. No porque quiera oxigenarme de un ambiente hostil donde crece la angustia, sino porque gozo de un sitio en el que a veces la tristeza no puede entrar a leer. Me veo llegando al edificio. Entrando a la sala que hace dos años abro y cierro a la misma hora (y que sin duda extrañaré cuando no esté). Echaré un vistazo a los más de 9000 mil libros que a diario puedo ver, apreciar, tocar, acariciar, oler y hasta besar (todas diferentes formas de leer).
Y allí, en medio de ese universo tranquilo donde redescubro lo frágil que soy, me sentiré con unas enormes ganas de seguir viviendo a pesar de la vida misma. Allí recordaré la imagen de mi madre que con su débil idioma trataba de leerme pasajes bíblicos que aún recuerdo. Pensaré en que si no fuera por los libros estaría por ahí inmiscuido en un fango de disoluciones y fracasos. Sería como Caín que acaba de matar a su hermano Abel y corre con unas letras en la frente que jamás podrá leer.
Dedico estas y todas mis palabras a mi madre
a quien debo lo poco que pueda llegar a ser
In memoriam
Querido Benjanin:
ResponderSuprimirHazle llegar esto a Felix Molina:
Mis felicitaciones con sombrero quitado, al señor escritor. Una crónica endiabladamente visceral... La literatura como el largo e inacabado discurso de la vida... Memorable Molina.
Un abrazo,
Luis Barros Pavajeau
Quiero expresar a mi compañero Félix, de manera suscinta, lo que él y yo conversamos con alguna frecuencia: No eres consciente aún Félix de la grandeza tuya, no solo como persona, sino como escritor. Estás hecho a pulso, sin lamentos ni recriminaciones a la vida; todo lo contrario, aquí se lee cómo le hiciste pistola a las adversidades y saltaste todos los barrotes de una posible existencia ácida y amarga.
ResponderSuprimirQué lujo que esta biblioteca del Cesar tenga un funcionario de la talla de Félix Molina.
Mónica