Texto y fotografías: Benjamin Casadiego
Ya nos vamos profesor, dijo el conductor de la chalupa.
En tres horas que estuve en ese caserío ya me había dado cuenta de que entre todos allí se decían profesor, pero uno quedaba con una vaga sensación de ausencia, tanto de profesores como de escuelas. Tres horas bastan para darnos cuenta de algunas cosas esenciales. Era un caserío de dos o tres calles sin pavimentar, la punta de la iglesia se elevaba sobre el resto de casas de madera o bahareque. Un hombre viejo reparaba una atarraya en el espeso manglar, un grupo de hombres jugaba dominó al otro lado de la calle, debajo de un árbol y en una tienda de madera una señora jugaba dominó con otros dos hombres, entre los que estaba el conductor de la chalupa con su ayudante, y golpeaba la ficha contra la mesa con vaga ostentosidad.
En ese tiempo llegó una tractomula que dejó 20 cajas de cerveza Águila. Era viernes. El chofer, un tipo que saludó cortésmente, fue subiendo las canastas vacías y el ayudante empujaba las canastas para que todo quedara ajustado; un gran telón amarillo cubría la tractomula con una imagen de jóvenes riendo cada uno con una cerveza en la mano. Durante la eficiente operación de descargue nadie de los que estaban allí jugando se acercó a hacer algún tipo de cuentas o verificar algo. Los tipos terminaron y se fueron sin bulla. La mujer gorda solo volteó a mirar cuando el camión se perdía en la calle polvorienta. Al instante volvió al juego y dijo: paso.
En ese tiempo también llegó un niño en chanclas, como de doce años, y se puso a mirar a los que jugaban dominó. La mujer gorda le dijo: ¿Traes plata hoy? El niño se recostó al pilar de madera y observó el juego. ¿A cuánto están apostando? La mujer no miró, dijo: a quinientos pesos. El niño se alejó hacia los otros jugadores que estaban debajo del árbol. Juego a doscientos, dijo. Los tipos no dijeron nada. Tiempo después una moto llegaría con una muchacha que se sentó a esperar debajo de un árbol a que saliera la chalupa. Miraba todo desde sus gafas oscuras.
Saloa no aparece en los mapas pese a que fue fundada el 5 de abril de 1749, es decir por la época en que nacieron San Sebastián, Chimichagua y Santa Bárbara, sitios que deberían cumplir dos funciones estratégicas claves para los ejércitos españoles de la época: servir como bastiones para pacificar a los chimilas y como proveedores agrícolas y ganaderos en toda la región. Ahora, para llegar hasta allí hay que bajarse en un cruce entre Pailitas y Curumaní que se llama Las Vegas, de allí se toma un colectivo o una moto que lo lleva a uno por carretera destapada y resbalosa como un jabón, en medio de cantos de pájaros en planicies onduladas de apretada vegetación, por media hora hasta llegar al puerto de embarque que consiste en dos tablones extendidos a orillas de la ciénaga de Zapatosa.
El ayudante de la chalupa comenzó a maniobrar por entre espesos bancos de taruya, hundía un largo palo en el agua que se pasaba con el conductor a través del techo de fibra, adentro comenzaron a encender el motor sin suerte de tal manera que siguieron empujando hasta quedar libres de taruya, solo entonces el motor prendió y la chalupa realizó un giro para enfrentarse a esa inmensidad de azules y verdes de la ciénaga.
El sol se descolgaba lento hacia el occidente y la brisa nos daba suavemente a los cuatro ocupantes de la chalupa, las garzas blancas rozaban el agua y se posaban entre los juncos. Miré hacia atrás por un instante y ya todo había desaparecido, se lo había tragado la taruya, solo sobresalía la torre de la pequeña iglesia que se erguía como ajena a ese pequeño y lento mundo y que tal vez hace 300 años habría servido de advertencia a los indígenas: una espada en el cielo. Estaba la belleza de la ciénaga y las historias que ella encerraba. A mi derecha estaba El Banco, el viejo puerto de salida de Guillermo Cubillos con su enorme piragua con rumbo a Chimichagua, adonde nos dirigíamos en ese suave ondular de la embarcación. Ese hombre vivió hacia los años 50 del siglo XX, dijo la profesora Deisi Mabel Fuentes: Cubillos era un comerciante zipaquireño que había llegado a El Banco y comerciaba pescado, sal, aceite de cerdo, de Chimichagua se regresaba con petates, panela y aceite de pescado, pero era tanta la mercancía y los pasajeros que decidieron construir la gran piragua que fijó en nuestra memoria el gran José Benito Barros.
La ristra de espuma que dejaba el motor, la suave brisa. Esto es bello, dice uno. Una vez por estas aguas ocurrió un accidente, dijo el conductor que siguió diciéndome profesor. Dos chalupas se encontraron a toda velocidad, ambas giraron en una misma dirección y estas tranquilas aguas se llenaron de sangre, latas retorcidas y muertos. Ese ha sido el único accidente que yo recuerde, dijo.
La ciénaga es una extensión del Río Cesar que corre sinuoso hacia el Magdalena desde la Sierra Nevada, en dirección norte-sur, para formar la ciénega continental más grande de Colombia, un ecosistema de gran belleza y riqueza que hace parte de la gran Depresión Momposina. Por aquí usted llega a donde quiera, me dijo al otro día el conductor de la chalupa; esta ciénaga lo deja en El Banco y por ahí sigue hasta Plato. Lo que recorrimos hoy es apenas una esquina de la ciénaga; son 8 leguas de largo por 7 de ancho; esto es vida, aquí hay riqueza.
Un caso significativo es la caza de hicotea. Para llevarla a cabo, los cazadores prenden fuego a la vegetación a orillas de las ciénagas, sitios en donde se refugian las tortugas durante el período seco. Se calcula que en esta zona la caza ilegal de hicotea ocasiona cada año la quema de unas 10.000 hectáreas, situación que repercute negativamente en la actividad pesquera, ya que en esta vegetación se encuentra el alimento de diversas especies ícticas.
El economista Joaquín Viloria dice: sería recomendable que los pescadores de la ciénaga de Zapatosa conocieran la experiencia de la Corporación de Chinchorreros de Taganga, la organización de pescadores más antigua de la región Caribe, fundada por el indígena taganguero José Francisco Perdomo en 1870. La Corporación administra con eficiencia los ancones de pesca cercanos a Taganga. Los turnos de pesca se distribuyen de manera aleatoria mediante sorteos, ya que los ancones no tienen la misma productividad. Otro de los objetivos es otorgar préstamos a los socios (microcréditos), así como la venta de materiales de pesca. La Corporación también está a cargo de la defensa y conservación de los ancones de pesca de Taganga. Para alcanzar estos objetivos, cuenta con una junta directiva, un comité de vigilancia y un comité de penas y castigos. El primero revisa con cierta frecuencia las redes de pesca y hace cumplir el pago en pescado que le corresponde a cada chinchorro. El otro comité impone sanciones para aquellos socios que incumplan los compromisos adquiridos con la organización de pescadores.
La ciénaga mide 310 Km2 y hace parte de una red de ríos que definen la vida de pueblos y caseríos que crecen en su entorno: El Banco, que pertenece al departamento de Magdalena, Chimichagua, Tamalameque, Curumaní y Chiriguaná, en el departamento de Cesar, hay otras pequeñas ciénagas que la rodean, como las de Bartolazo, Pancuiche, Pancuichito, La Palma, Santo Domingo y Tiojuancho. Allí están regadas las islas que uno ve a la distancia: Barrancones, Concoba, Colchón, Grande, Las Delicias, Loma de Caño, Las Negritas, Palospino y Punta de Piedra. Todo esto es una despensa de agua, una red de ríos, caños y ciénagas, hábitat de numerosas aves migratorias, zona de reproducción y alimentación de peces, mamíferos y reptiles. Un paraíso en la tierra.
A la entrada del puerto de Chimichagua, es decir unos tablones y un terraplén para esperar las chalupas, nos saluda una pequeña imagen azul y amarilla de la virgen de El Carmen. Hemos llegado justo a tiempo para asistir a una clausura de Caracolí, el programa lectura de la Red de Bibliotecas del Cesar. Se han reunido padres de familia, escritores locales, profesores y niños en la biblioteca municipal que tiene una dotación de libros que envidiaría cualquier municipio del país. Tanto niños como adultos han leído en voz alta sus escritos, algunos de ellos tienen que ver con el paisaje que los rodea y los retos ambientales que la población enfrenta. De todo el grupo que ha participado en ese compartir de la palabra, llama la atención un poeta que habla y camina con dificultades: como si tuviera un gancho atravesado en la lengua y en el cuerpo. Se llama Adiel Zambrano y tiene parálisis cerebral desde que nació. Aprendió a leer a los 20 años, a los 25 comenzó a escribir. Antes de los 20 años era un vegetal, dice, pero cuando comencé a estudiar y aprendí a leer algo se me iluminó en la vida. Lee todos los días y todos los días escribe. Me di cuenta de que había un mundo, escribir me sacó a la calle, miraba la gente, buscaba los rostros, qué me decía el rostro del vendedor de pescado, el de la yuca, las voces y los colores de la calle: el bullicio, tu rostro, qué leo allí, qué me dice el lugar este. Leer me conectó con el mundo y con otras personas que ahora me agradecen el compartir con ellos mis lecturas y escritos. Ahora estoy leyendo Cartas a un joven poeta de Rilke, dice. Me salvó la literatura. Era un vegetal, apenas hacia mis necesidades fisiológicas. Iba derechito al suicidio.

No se parece en nada la historia de la ciénaga de Zapatosa con la de Adiel, pues aquí es al contrario, una región fértil y rica que ahora está frente a un futuro incierto. Uno se pone a pensar si estará a tiempo la región de recuperar, de saltar, de ese estado vegetativo como el que vivía Adiel antes de los 20 años, a un estado de alerta, un compromiso con la vida. ¿Podrá este programa de lectura en el Cesar convocar a los habitantes de la región a mirar la ciénaga por primera vez como hizo Adiel cuando comenzó a leer y escribir? Mirar de frente, estar frente a la ciénaga y el río, en lugar de estar de espaldas a ella, viviendo en ella. Esa es la idea profunda de todo esto, que la lectura cambie paisajes, gentes y comportamientos. Que del suicidio colectivo pasemos al encuentro vital y responsable. Los niños, los padres de familia, los escritores y profesores que participaron en ese encuentro de la tarde nos llenan de esperanza.
Esa noche llovió en toda la región. Pensé en la lluvia cayendo sobre la ciénaga oscura y en la piragua de Guillermo Cubillos capoteando el vendaval con doce bogas con la piel color majagua, como dice la canción de José Barros; pensé en el miedo que me provocaba esa canción cuando era niño. Y allí estaba: cercano a la canción, cercano a esa ciénaga y al temible Pedro Albundia. Al otro día el cielo amaneció encapotado y se veían bancos de niebla en el horizonte; el conductor, erigido ahora como un capitán de barco, anunció que no zarparíamos hasta que el aguacero que estaba cayendo hacia el occidente, cesara. Media hora después estábamos avanzando lentamente por la ciénaga, esta vez el cupo estaba completo y la chalupa se movía con pesadez por las aguas limpias. El cielo estaba gris y la lluvia golpeaba los rostros. Tiempo después, vimos la aguja erguida de la torre y el caserío de Saloa estaba otra vez allí, como recién fundado; no vi a nadie de los que estaban jugando la tarde anterior, tampoco estaba el pescador que remendaba la atarraya; un viejo automóvil nos sacó entre resbalones por la carretera sin asfaltar y media hora después salíamos a la central: no dejó de sorprendernos el verdor de los campos de arroz sobre la perfecta línea negra de la carretera, los pastos verdes de las haciendas ganaderas, el rugir de las tractomulas, hasta el sol tenía otro color, más brillante. Atrás habíamos dejado una canción perdida en el tiempo. Una nación, igualmente partida y perdida.

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