Por: Luis Barros Pavajeau, novelista y promotor de lectura, invitado a las Rondas de Caracolicillo.
Íbamos a conspirar. Ni siquiera yo lo sabía. La etimología de la palabra la soltó Fernando Hoyos. Lo dijo entre el fragor de su sonrisa. Conspirar significa respirar juntos. La palabra me tocó como agua en mitad del desierto. Así no estuviéramos en desierto alguno… Estábamos en Caracolicito, ubicado en la ruta del hambre de Rafael Escalona, antes de meterse en un tren diablo en Fundación que bufaría en Santa Marta en las horas de la tarde.
Debajo de unos ficus se armaron las mesas para el desayuno. El tripaje de Escalona con Liceo incluido, se desvaneció en mi memoria cuando alguien me puso un plato frente a mis ojos; costillitas de marrano y yuca bañada en suero. La banda de la escuela Chimila afinó sus instrumentos. Un rato más tarde, saxo, clarinetes, trombón, redoblantes, platillos y trompetas, ejecutaron un porro que llovió sobre los comensales. La música estrenó el día de fiesta.
De regreso al patio del colegio José Agustín Mackencie, el coordinador general de Caracolí, Carlos Guevara Támara, me dijo que el hombre detrás del nombre de la institución educativa fue un capuchino que levantó un diccionario wayuu- español. Los indígenas lo llamaban el guare; el amigo que ayuda a pasar en el territorio de fronteras que es el desierto guajiro. Otra vez el desierto desafiando la realidad de Caracolicito… Ese sábado pensé que las casualidades no existen. Si el padre Mackencie era un amigo que ayudaba a transitar por bordes y lenguajes, nosotros, los promotores de lectura, hacíamos lo mismo. Tendíamos palabras para trasegar desde la realidad hacia la fantasía. Se aparejaba el viaje de la conspiración.
Después del olor a pólvora de los cohetes impregnando los discursos de bienvenida a la jornada literaria, me trasladé a mi curso con una veintena de participantes. Efectivamente les dije que íbamos a conspirar. Respiración, lenguaje, creación y alma. Esas eran las puntas del hilo que estiraríamos hasta la mitad de la tarde. Despegamos de la realidad con Esa horrible costumbre de alejarme de ti de Vicenta María Siosi. El desierto ahora, daba cuenta sobre el proceso de la aculturación de la etnia wayuu. Seguimos con la lectura de unos trabalenguas para demostrarles, que igual que el ejercicio de la escritura, repetir, reescribir, borrar y volver a repetir, eran verbos imprescindibles para consolidar el oficio.
“Un libro es el hilo con el que la vida teje páginas de asombro y misterio.”
“La profesora Uvaldina me inició en este mundo de la literatura…. Aún recuerdo aquella mañana de brisa cuando establecí claras fronteras entre la regla de guayacán de la seño y mis manos, al destrojar el maravilloso misterio de las letras.”
José Hernando González, El Copey.
“Un libro es inspiración tallada en páginas.”
“Inicié el aprendizaje de la lectura en el colegio, con el esfuerzo y el desespero cotidiano por saber qué querían decir esas hormiguitas negras que veía correr tras las líneas de aquel papel.”
Ángela Jiménez, Astrea.
“Un libro es un sueño vivido.”
Yonairo de Jesús Sosa, Chimichagua.
“Un libro es árbol muerto convertido en vida.”
“Mi mamá me motivó a leer…Un día uní varios sonidos, los leí y fui corriendo hasta donde la vecina Aura donde se hallaba mi madre. Le dije mami, mira lo que descubrí. Por primera vez entendí que la lectura es la acumulación de letras y sonidos con significados.”
Yeimy Rafael Peña, Chimichagua.
“Un libro es un mundo donde habitan otros mundos.”
“Inicié la lectura para llenar el vacío que dejó la muerte de mis tías abuelas, que eran portadoras de una oralidad ancestral y me contaban cuentos y leyendas de Tamalameque. Al morir ellas, tuve que suplir su magia de oralidad con la lectura de libros de cuentos y novelas.”
Diógenes Pino, Tamalameque.
Escuchándolos, me sentí orgulloso. Aunque no los había ayudado ni siquiera con una vocal, no pude evitarlo. Me unía a ellos a través de las circunstancias de sus lenguajes. De hecho, andaba más redondo que un pavo tensando plumas por el patio. Proseguimos viaje, tutelados por unas estrofas del poema Kotidianidad II del poeta Adiel Zambrano Arias:
He vuelto a abrir
La vieja ventana de la vida
Y a hurtadillas…
Y a rabillo de ojo
Miro nuevo día
Y su fanfarria:
Kantos, gritos, pitos, juegos,
Odios irisas, prisas, toses, voces
¡Fluye, vida fluye!
Pero el día,
-Kon sus nubecillas cotidianas
Camina contra el tiempo
Hacia la nada.
Seguimos leyendo los mini cuentos de Versiones y perversiones de Jaime Echeverri y el libro de crónicas Del Llano llano de Alfredo Molano. Armamos un poema con la técnica del cadáver exquisito y antes de que emprendieran sus propios relatos, pedí que describieran sus pueblos de origen, tratando de evadir definiciones obvias. Estos fueron algunos resultados:
“Chimichagua es un barco encallado.”
Adiel Zambrano Arias
“El Copey es un silencio blanco.”
José Hernando González
“Chimichagua es un poema esquivo.”
Yeimy Rafael Peña
El receso del mediodía llegó a nosotros con la bullaranga de los niños a la espera del almuerzo. Decidimos adelantar los cuentos para que en la tarde sólo quedaran pendientes, las preguntas en torno al viaje de un libro desde la biblioteca hasta la casa de cada uno de los participantes.
Aquel tipo esperaba siempre sus mensajes. Los esperaba por las mañanas o en los mediodías en el tablero de su celular. Intensamente los esperaba. Llegaban por sus ojos, corrían por el torrente de su sangre, atravesaban el corazón. Su cuerpo fertilizaba de alegría. Era una alegría pirotécnica.
Cuando no llegaban, la horrible manía de mirar el teclado del celular. Sacarlo del pantalón, meterlo a la camisa. Se había convertido en un ritual. Cómo dolía el cuerpo sin sus mensajes. Cuanto pesaba el tiempo sin aquellas señales. ¿Qué clase de amor era aquel? No lo sabía. Como su presencia era escasa, itinerante y limitada, bastaban los mensajes.
Muy entradas las noches, el ruido de abejorro del celular lo despertaba de su sueño. Él llevaba sus dedos al celular. Su emoción se encendía. La mente simulaba un invierno repentino. Y así todas las noches iban y venían como alimentando el estómago del alma.
Tan extraño e inusual aquel amor. Tan de otros lares que al estar frente a frente, venían los bloqueos del lenguaje, las sensaciones raras y el terco enmudecimiento de la palabra. Pero por las noches, celular en mano, la conversación fluía y las declaraciones volaban. Mares de palabras, mares azules, rosados, mares que se colgaban en las paredes de la mente de ambos.
Yeimy Rafael Peña, Chimichagua.
Temores primitivos
-¡Mamá me tragué una pepa!- Gritó horrorizado.
-¡Mamá me tragué una pepa!- Volvió a gritar.
Nunca nadie le prestó atención a sus temores…
Sólo hasta cuando las punzantes espinas del limón, le empezaron a herir las paredes estomacales.
José Hernando González, El Copey.
Estaba sola y frágil. Quería huir pero tropezaba con la indecisión. Esa inseguridad me marcaba. Sentía que cargaba el alma en las manos porque el corazón perdía fuerzas para sostenerla. Se cargaba mi rostro de nostalgia. Sólo quería permanecer distante. Contemplar ese rostro que me decía adiós. Sepultaba la esperanza de contemplarlo despierto, y no en el recuerdo de ese ataúd. Me encontraba en ese cruel cementerio, escenario de la tristeza.
Ahora me encuentro aquí, escribiendo en unas líneas, un sentimiento frustrado parecido al olvido. Pero tiene más cara de soledad divagando en las palabras y en el encierro de aquella sonrisa plasmada en mi memoria. Contemplo los días con ganas de amar la vida. Sin derrochar el tiempo, que a veces, nos entierra sin rancheras ni flores.
Ángela Jiménez, Astrea.
Al final de la tarde, la conspiración era un hecho consumado; respiración, lenguaje, aventura, creación y alma. Nos despedimos un poco afanados porque un viaje en ciernes aguardaba por todos. Estaba satisfecho. Había sido una jornada impecable. Sellada quizás por el hálito del Dios poeta de Álvaro Herrera Pino que ni más ni menos, en seis versos creó el poema perfecto.
Comentario de Javier Naranjo:
ResponderSuprimirHola Benjamín, ponele por favor como respuesta a Lucho: Está buenísima tu conspiración Lucho. Respiraron juntos en amorosa cercanía, no otra cosa hacen los amantes. En este caso se urdieron silencios y palabras. No otra cosa, también, hacen los amantes.
Un abrazo.
Javier.
Y pa vos Benjamín otro abrazo.