Por: Orlanda María Agudelo Mejía, Promotora de lectura, Medellín.
La Jagua de Ibirico es un municipio con muchos recursos. Ese fue el primer dato que conocimos los promotores de fuera del departamento, acerca del territorio donde íbamos a desarrollar esta segunda ronda literaria de Caracolí del Cesar 2011. También nos contaron que encontraríamos una zona de contrastes, cosa que quedó probada en el paisaje que tan generosamente regala a la vista de los visitantes llanuras extensas y montañas antiguas. Así también la participación de niños y jóvenes en este encuentro con la palabra leída, escrita, cantada y jugada. Representantes de municipios como Pailitas, San Roque, Tamalameque, Rincón Hondo y
Comenzamos el día antes que el sol, en un viaje que nos llevó desde un Valledupar fresco por la lluvia nocturna, hasta una Jagua calurosa y seca, pero activa, como el más nutrido de los grupos de este encuentro, justamente el de los más jóvenes, pero no por ello menos experimentado en asuntos de historias y juegos del lenguaje. Con ellos hicimos un recorrido decididamente risueño; un poco escatológico al principio, con lecturas como ¡No, no fui yo!, El libro apestoso, y La planta del pie; enseguida vino el suspenso, con Tío lobo y María Angula (de Cuentos de espantos y aparecidos), y al final, un espacio para la creación: primero, de recetas repugnantes, y luego, de un particular bestiario, símil del Animalario del Profesor Revillod.
Terminada esta primera sesión, un poco maratónica, y luego de la abundante comida, hicimos juntos el esfuerzo (porque había más ganas de jugar que de quedarnos en un salón) de conversar acerca del camino lector que individual y grupalmente han hecho estos pequeños. Acosada, pero gratamente sorprendida, me encontré en medio de un grupo de jovencitos que pedía mi atención para que tomara nota de la lista de libros que más recordaban. Entre ellos destacan varios de la colección Buenas Noches (¡No te rías, Pepe!, Estofado de lobo, Estela la estrella de mar, El día de campo de don Chancho), también El libro de Clara, Las ranas cantan de noche, Willy el mago, Sapo tiene miedo, La princesa Ana, Amy y la anciana, Tío conejo, El libro de Antón Pirulero, Chumba la cachumba, El secuestro de la bibliotecaria, y clásicos como La sirenita, Caperucita Roja y Los tres cerditos, entre otros. Así mismo, aunque con menos pasión, hablamos de la lectura en casa, que en general dicen hacer solos o en compañía de hermanos o primos. Llama la atención que no mencionaran a padres o abuelos.
Hubo además un dato muy llamativo, y es que el grupo de Rincón Hondo, en su mayoría niñas muy conversadoras, no diera muestras de una cercanía cotidiana con el libro, es decir, no tienen la posibilidad, por ejemplo, de llevar libros a casa y hacer lo que con tanta naturalidad hacen los niños en sus familias, que es promover lecturas diversas. Esto, valga decirlo, me hace volver sobre una conversación que recientemente tuvimos con el grupo de promotores y bibliotecarios de este proyecto. Y es que, si bien en el proceso de formación de lectores los padres y cuidadores son un factor fundamental, es claro también que una de las riquezas que entrañan proyectos como Caracolí, es precisamente lograr el reconocimiento de prácticas lectoras, generadoras de procesos permanentes, pero que demandan acciones mayores, del Estado local y nacional, para que se preserven y sigan irradiando efectos hacia otros sectores de la población que quizás requieran otros esfuerzos. En fin, para que el proceso no quede trunco y, como el “Anacardium excelsum” (según la sabiduría de San Google), siga dando frutos.
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