Los talleres de creación literaria Caracolí del Cesar son una iniciativa de la Gobernación del Cesar a través de la Red Departamental de Bibliotecas Públicas. El objetivo de estos talleres semanales es la promoción de la lectura y la circulación de usuarios en las bibliotecas de todos los municipios del departamento. El programa busca el reconocimiento cultural de las diversas regiones a partir de la divulgación de escritores y artistas locales, entendiendo que ese reconocimiento solo es posible desde una mirada a la cultura universal. Para tal fin se ha dividido la región en cuatro nodos: Nodo Centro, Nodo Noroccidental, Nodo Sur y Nodo Norte. Cada uno de estos nodos tiene un coordinador y cada municipio tiene un tallerista que desarrolla actividades de gestión, información y creatividad con niños, jóvenes y adultos. Las bibliotecas municipales son el espacio donde se realizan estos encuentros y sus bibliotecarias son la mano derecha de los talleristas para alcanzar las metas. La dirección general de estos nodos está centrada en la Biblioteca Pública Departamental Rafael Carrillo Lúquez de Valledupar. El programa entiende que un proyecto de lectura es a largo plazo y necesita la participación seria y activa de las instituciones locales, sean éstas públicas o privadas: alcaldías, grupos juveniles, fundaciones, iglesias, juntas de acción comunal, colegios. Este blogg es parte de una estrategia de comunicación y visibilización de las actividades que se realizan en los talleres, aquí se encuentra la producción de los participantes, las metodologías de los talleristas y las reflexiones que se generan en la experiencia. El blogg es la punta del iceberg de todo el programa por la promoción de la lectura y la construcción responsable de región.

lunes 31 de octubre de 2011

Señales y signos que perduran

Por: Ricardo Vergara Chávez, escritor sucreño invitado a las Rondas de La Jagua y Aguachica

Con el nombre de Caracolí conozco a un árbol de verde perenne y sombra abarcadora, muy común en la Costa Caribe colombiana. Con el mismo nombre, también un proyecto que La Corporación: Biblioteca Carrillo Lúquez, desarrolla en consonancia con el resto de la red departamental de bibliotecas públicas de Cesar. El nombre del árbol, y el proyecto sería lo más incongruente, sino fuera - digo yo – por la correspondencia que guardan proyecto y árbol. Pues, en su lozanía, el árbol no sólo transfiere frescura, sino que también da cobijo a quienes lo deseen, sobre todo, cuando el trópico se torna avasallante y atosiga en cada jornada. El Caracolí proyecto, también transmite frescura, es lozano y da cobijo, esencialmente, a aquellos que más lo requieren: los niños y la juventud. Basta indagar en su naturaleza, la gente en que se sustenta, los espacios que cubre y los beneficiarios que alcanza. Él, con su filosofía, basada en lo creativo de la lectura, en su interrelación de prácticas y saberes, que para otros parecen antagónicos, logra que el saber ancestral y mítico, el académico y lo más coloquial del diario existir, dialoguen. Y, en interacción con el heterogéneo campo educativo, se complementen: Institucionalidad gubernamental, Escuelas y Colegios, Estudiantes, Bibliotecas, Familias y agentes diversos del ámbito intelectual.

Uno que ha vivido bajo la tradicional enseñanza fragmentaria, que privilegia lo que el mercado laboral prefiere, no puede menos que registrar con regocijo, el hecho de que, en el departamento del Cesar, se desarrolle un proyecto que procura acercar a los niños a través de la lectura, a algo que les es sustancial: descubrir el Universo, creo que eso forma parte del énfasis. Así lo he palpado las veces que he tenido ocasión de sentirme en este espacio que también me ha ayudado a crecer.

Desde el primer momento, cuando en Bosconia, una parvada de niños y yo, anteponiéndonos al ruido del tren que pasaba con su carga de carbón, traído desde la Jagua de Ibiríco, nos dispusimos a explorar cuanto había en nosotros de saber y tiempo acumulado, me di cuenta que podíamos tocar la vida como cuando se toca un dolor o una alegría y te invaden sus laceraciones. Aquí, su flujo, sus ganas de ser.

Entonces, como en los días en que de asombros estaba lleno el mundo, nos pusimos de pronto a recordar, a contar, a leer, escuchar y sentir el acontecer.

Así, entre el camino de la indagación y aproximación al mundo del entendimiento, nos detuvimos en aquello que nos era común, bien por lo cercano o procedente del entorno, o por haberlo vivido o por estarlo viviendo. Empezamos por lo que estaba junto a nosotros, de tal forma que pudimos acampar en nuestra experiencia y cada quien tuvo ocasión de expresar o contar cual era su nivel de contacto con los libros y de acercamiento a la lectura y los escritores de la localidad. Hablamos de lo propio como afirmación de lo particular en el amplísimo universo de la cultura humana. Dijimos que era importante reconocer nuestra procedencia y no sentir vergüenza de ello, y contamos anécdotas de nuestras vidas, al tiempo que reconocíamos que podíamos afirmar ser de Astrea, del Paso, de Bosconia o del Copey, o de Chimichagua, según se fuere, y que aquello, lejos de minimizarnos nos enalteciera. Cada quien dijo lo suyo. Yo dije ser de un pueblo del departamento de Sucre, llamado Las Piedras, y que había estado en Bosconia por primera vez, recolectando algodón. Es decir intentamos reconocernos.

En Valledupar, reiteramos que entre los bienes supremos de la humanidad, se hallaba la lectura, y que ésta nos concedía el privilegio de viajar, de entrar en contacto con lo múltiple y transcender, tanto, que con ella podíamos conocer de los griegos como de los egipcios, saber de la cultura oriental como de la nuestra y proseguir hasta el infinito. Nos dimos a reconocer otras lecturas que no derivaban del texto escrito o del libro, sino que devenían de otros contextos y manifestaciones: un fenómeno físico, una película, obra de teatro, el gesto, una pintura, lecturas de símbolos, en fin.

Creo que la vida en cada jornada retrata la entraña de este proyecto y la naturaleza de los que han optado ir por los pueblos en un viaje que parece de ensueños, invitando a sus congéneres a leer, a desvelar con las palabras el Universo y construir entre sus pliegues el porvenir. Esto es lo que los labriegos del Caracolí del Cesar hacen, y en ello permanecen , pretendiendo volver costumbre la lectura y la creación; ya sea en el trabajo, el descanso, la conversa o el cuchicheo. Lo he palpado en su devota entrega, como cuando en el Limonar de Villa de San Andrés (Aguachica) esperábamos a que la lluvia amainara para dar inicio a la jornada. Ahí, otra vez, aquel indagar por la lectura, sus infinitos caminos, el vínculo de ésta con la creación; y lo necesario de ella entre lo familiar y corriente.

Seguimos insistiendo en quiénes somos, de dónde provenimos, por qué estamos aquí y la virtud de la lectura. Lo necesario de hacernos a ella para encontrarnos, para saber qué ha acontecido en la historia, cómo se nos revelan las cosas, la cultura y lo nuestro en la gran aldea del Universo.

Discurrimos, asumiendo actitud de búsqueda de lo complementario, hurgando siempre en lo vivido y lo soñado. Y, entre indagaciones, se nos fue dando el nivel de conocimiento de cada niño asistente al taller: su comunicación con los libros y la biblioteca, si éstas existían en los lugares donde vivían, quienes las atendían y cómo era su dotación.

En esta jornada, hicimos nuestro, por su alusión a la lluvia, el poema “Barrio Recuperado” de Jorge Luis Borges, complementado ello, con lecturas de Bartolomé Monterrosa y algunos niños:

Barrio Recuperado

Nadie vio la hermosura de las calles

hasta que pavoroso en clamor

se derrumbó el cielo verdoso

en abatimiento de agua y de sombra.

El temporal fue unánime

y aborrecible a las miradas fue el mundo.

Pero cuando un arco bendijo

con los colores del perdón la tarde,

y un olor a tierra mojada

alentó los jardines,

nos echamos a caminar por las calles

como por una recuperada heredad,

y en los cristales hubo generosidades de sol

y en las hojas lucientes

dijo su trémula inmortalidad el estío.

Con este poema y otros textos viajamos, desglosando, acorde con nuestro entendimiento. El mundo referenciado.

Hicimos alusión a los hermanos Grimm y otros autores de literatura infantil. Regalamos los siguientes libros: Los cuadernos del descreído, del poeta Jorge del Río, Antología de la poesía sucreña contemporánea, tomo II, de Jorge Marel, El ritmo de los girasoles de Ricardo Vergara Chávez; contamos anécdotas, nos burlamos de nosotros mismos y hasta hubo lugar para la impertinencia.

***

Estar en todas partes parece ser el destino del Caracolí. En todas partes como el tiempo: aquí, allá y acullá. Creo que es lo más itinerante, realmente inmenso. En su entraña todo tiene asiento: lo más antiguo, lo antiguo el ayer, el ahora constante, el porvenir.

Por ello alcanza a tantos su voz, uno puede sentirlo, y olerlo, en lo que acumula de aliento la presencia de Carlos Guevara Támara, Mónica Morón Cotes, Eliana Villarroel Acosta y Benjamín Casadiego: sopesando, equilibrando, atentos a cada latido y al otro cuerpo que va fluyendo, latiendo en su espíritu de vida. Yo lo he sentido las veces que he estado en el Caracolí. En la Jagua de Ibiríco, por igual, cuando entre aquella bruma de niños, Julia Pastora aparece cantando, y con su voz determinante, llamando, invitando, al inicio de ese viaje de andar leyendo el mundo. En ellos y los otros: Bartolomé Monterrosa, Diógenes Armando Pino, Hugo Niño y tantas hojas de ese árbol centenario.

Ahora desde la Jagua de Ibiríco, nombre de árbol y hombre, me llega la sonoridad de una multitud de seres empujando el momento del inicio. Volver a ese tiempo, o retratarlo en imágenes, pudiese regalarnos otra vez, lo que convertido en almas es el Caracolí del Cesar. Más el deseo no garantiza que regrese lo vivido. Luego, es bueno contarlo, dejar alguna señal. Por tanto, con la preocupación del que olvida, registro, que aún siento vibrando la voz de Julia Pastora y el coro de niños repitiendo, como diciendo: aquí estamos con la disposición y las ganas del que algo anda buscando y presiente ya su aire, o su lumbre en el cuerpo del camino.

En la Jagua, también fuimos aldeanos universales. Preguntamos por el mundo local, por aquello que nos topamos a diario. Por la familia, los vecinos, el barrio, la ciudad, los gobiernos, los escritores, las bibliotecas. Leímos y contamos nuestras lecturas. Una niña leyó un poema de su autoría (Fueron las que más participaron). Dejaron registro de los textos leídos. Entre ellos:

Así nació Curumaní, El niño más bello del mundo, Molinillo mágico, Ciudad sometida, El día de campo de un chancho, Los amigos, Cierren los caminos, Poemas de origen, Lilia, El Ratoncito Pérez, Aprendiendo Inglés, ¿Que tanto sabes?, ¿Dónde está el libro de clara?, Niña bonita, Juan Salvador gaviotas, Quién se ha llevado mi queso, La media perdida, Rosa está hecha un lio, Lilia y yo ponemos la mesa, Hansel y gretel.

Algunos manifestaron que visitaban las bibliotecas y prestaban libros que compartían con sus familiares, y con la vecindad. Dijeron en la familia y aulas de clases que pertenecían al taller literario del Caracolí del Cesar.

Yo veo en éstas criaturas, algo alucinado que husmean en el infinito. Es lo que descubro cuando me cuentan historias que se inventan. Recursos que utilizan, aun cuando se hastían. Son persistentes invasores, cuando se les halaga. Reticentes e incrédulos, cuando se les excluye.

Ahora deben estar leyendo o transitando por algún sueño.


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada