Por Viviana Restrepo, escritora y promotora de lectura de Medellín, invitada a las Rondas de Lectores.
-Profe: cuando uno lee, no piensa en nada más, lo único que le preocupa a uno es pasar la hoja. José Darío Benavidez, 11 años. Río de Oro.
Durante varios días he dilatado esta crónica… ahora, en esta tarde de domingo cierro mis ojos, y puedo verlo como en una fotografía, imágenes que siguen fieles a la cálida jornada de lectura en Aguachica.
A mí que me gusta la lluvia, esa mañana llovió y después de un café con los demás promotores de lectura, llegaron los niños, los niños con su canto y su risa. Todavía tenía en la mente la pregunta de cómo sería el encuentro, cuando vi que mi nombre pendía del tronco de un árbol y me indicaba que ese era el lugar para la actividad. Por grupos de a tres o cuatro fueron llegando niños de Aguachica, González y Río de Oro. El grupo llegó a unos treinta y en compañía de Leonid, el promotor de lectura encargado, empezamos la actividad, primero, cada niño dijo su nombre, de dónde venía y cuál era su libro o historia favorita, me llevé gratas sorpresas, porque estaba frente a un grupo que ya había vivido la lectura de una manera distinta.
Vengo de Bucaramanga y vivo acá en Villa de San Andrés, soy un árbol y quisiera que todos los días fueran iguales para oler el aire y disfrutar la sombra. Luis Antonio Forero Padilla, 12 años. Aguachica.
Entonces mi primer libro fue Guillermo Jorge Manuel José, -algunos ya los conocían- y hablamos de la memoria y lo valioso que es tener un amigo. Terminada esta lectura, eché un vistazo y vi a los niños cubiertos por un manto de alegría y palabras, y saqué mi segundo libro, Espejo, un libro álbum que permitió al grupo hilar una historia colectiva, y con cada hoja que pasaba nos vimos reflejados, a veces era la protagonista del cuento, a veces uno de nosotros, otras, nuestra sombra o la pura imaginación quien hablaba. Los comentarios, las risas y una que otra pregunta alimentaron esta lectura.
Había ya una calidez, un afecto -inmediato- que sólo se da con los niños, entonces conversamos un poco y propuse un ejercicio escrito, yo soy, tenía ansiedad y expectativa de lo que pudiera resultar y me encontré con tesoros como estos:
Yo soy la luz que alumbra tu mirada
Yo soy la sangre que corre por tus venas
Yo soy un ave que guía tu camino
Yo soy el pensamiento de todos tus días
Yo soy la inspiración de tu vida
Yo soy el ángel que te cuida, que siempre
está detrás de ti para cuidarte
yo soy el agua que alimenta tu ser
Stefanía Osorio Casadiegos, 10 años. González.
Yo soy una sombra que se mueve a cada lado.
Y cuando camino, ella también camina conmigo
Y cuando paro ella también.
Yo soy bonita y cuando llego mi mamá me tiene
preparada mi comida y yo me siento feliz.
Y cuando yo gano las evaluaciones y mi mamá me da
un regalo y me lleva a pasear
yo me siento feliz.
Y cuando un niño está enamorado de mí yo me siento feliz.
Greisith Serna Salcedo, 10 años. Aguachica.
Yo soy una mariposa que vuela en las plantas y en el aire
Yo soy una angelita para mis padres.
Yo soy el viento que pasa cuando llueve.
Yo soy el lápiz que escribe cosas de las personas
Yo soy la luna que brilla de noche
Yo soy el sol que brilla en las mañanas
Yo soy la estrella que está en el cielo
Yo soy la alegría que sonríe siempre
Yo soy el árbol que está en la tierra
Yo soy la leche que comen
Yo soy el piso cuando me van a barrer
Y también soy el agua
Jazmín Yaruro Vergel, 11 años. Aguachica.
Yo soy la luz que alumbra en tu mirar
Yo soy las hojas de un árbol que se arrastran por el suelo
Edwar Mauricio Ortiz Castillo, 11 años. González.
Después del almuerzo, volvimos a reunirnos bajo el kiosko, esta vez para hablar del proceso lector de los niños, aun así, leí dos cuentos más, Antonio y el ladrón de Cuentos de enredos y travesuras y ¿Por qué los sapos no tiene cola? De la tradición oral colombiana. Estas historias amenizaron la charla. Los niños mencionan sus libros favoritos con naturalidad, Hip Hipopótamo vagabundo, fue uno de los primeros en la lista, pasamos por las historias de Franklin, la famosa tortuguita, por La piedra filosofal, libros históricos, en especial de historia Colombiana y el encantador Roal Dahl… La tarde era eterna, cálida, tranquila, me hubiera quedado bajo el gran palo de mango, abrazada a los niños y cantando.
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