Los talleres de creación literaria Caracolí del Cesar son una iniciativa de la Gobernación del Cesar a través de la Red Departamental de Bibliotecas Públicas. El objetivo de estos talleres semanales es la promoción de la lectura y la circulación de usuarios en las bibliotecas de todos los municipios del departamento. El programa busca el reconocimiento cultural de las diversas regiones a partir de la divulgación de escritores y artistas locales, entendiendo que ese reconocimiento solo es posible desde una mirada a la cultura universal. Para tal fin se ha dividido la región en cuatro nodos: Nodo Centro, Nodo Noroccidental, Nodo Sur y Nodo Norte. Cada uno de estos nodos tiene un coordinador y cada municipio tiene un tallerista que desarrolla actividades de gestión, información y creatividad con niños, jóvenes y adultos. Las bibliotecas municipales son el espacio donde se realizan estos encuentros y sus bibliotecarias son la mano derecha de los talleristas para alcanzar las metas. La dirección general de estos nodos está centrada en la Biblioteca Pública Departamental Rafael Carrillo Lúquez de Valledupar. El programa entiende que un proyecto de lectura es a largo plazo y necesita la participación seria y activa de las instituciones locales, sean éstas públicas o privadas: alcaldías, grupos juveniles, fundaciones, iglesias, juntas de acción comunal, colegios. Este blogg es parte de una estrategia de comunicación y visibilización de las actividades que se realizan en los talleres, aquí se encuentra la producción de los participantes, las metodologías de los talleristas y las reflexiones que se generan en la experiencia. El blogg es la punta del iceberg de todo el programa por la promoción de la lectura y la construcción responsable de región.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Los niños en El Limonar



Por: Javier Naranjo, escritor y promotor de lectura invitado a las Rondas de lectores en Aguachica.


Fascículo I

“Soy el aire que refresca la mañana”.
Andrea Paola Martínez Pinto, 10 años.


Con los niños llegó la lluvia, pero primero se oyeron sus risas. Ellos venían de varios municipios del Cesar, y las nubes que habían estado cuajando mientras los esperábamos, se resolvieron en agua mientras los chicos dudaban si escamparse o disfrutar la alegría de un agua inesperada que prometía juego. Los adultos que íbamos a leer con ellos, a conversar con ellos, a asombrarnos con la potencia de sus palabras, desayunábamos mientras el viento sembraba más nubes sobre nuestras cabezas. El aire se oscureció. Sentimos que iba a ser imposible trabajar bajo los árboles…Va a tocar ir a una institución cercana, que ya contactamos, dijo Mónica, y enseguida nos tranquilizó: no se puede hacer nada en este momento…ya veremos. Nos recogimos todos en un corredor afuera del único salón que había, mientras le hacíamos el quite a las goteras. El techo resentía el chubasco.

“Nos amaneció muy temprano” el sábado 24 de septiembre. En la sede campestre del Limonar éramos como doce talleristas llegados de distintas partes del departamento, y algunos desde otras ciudades del país.

Tan rápido como llegó el aguacero, cesó, mientras los niños tomaban un refrigerio. El grupo organizador dispuso sillas debajo de los árboles que aún goteaban, pero la tierra generosa absorbió el agua y lo que pensamos que podría volverse un pantanero no fue así. Cada tallerista fue llamado al grupo que había sido definido con anterioridad. A mí me tocó en uno de los corredores donde habíamos desayunado, pero era un sitio de paso de mucha gente y preferí -con el apoyo de Hugo Niño coordinador de talleres de los municipios de San Diego y Manaure-, llevar bajo un árbol, unas sillas, mesas, y los materiales necesarios para escribir. Cerca, pero sin estorbarnos otro grupo ya se organizaba.

Fascículo II

“Soy como la madre de las estrellas”.
Breiny Mariana Serna, 9 años.

“Yo soy como el agua de tus ojos”.
Mayran Alejandra Sanchez, 9 años.


Nos sentamos en círculo, me presenté y los niños me dijeron que venían de Aguachica y San Alberto. Eran 24 chicos de 9 años a 12 años. Alegres, dicharacheros. Rápido entramos en confianza ayudados por dos juegos de palabras: el primero se llama palabras encadenadas y permite que los participantes ganen en atención, silencio y concentración, porque el juego lo exige para poder ser llevado con fortuna. Se estimulan también la velocidad de pensamiento y las reflexiones sobre las palabras que surgen, su validez o no, su construcción, su pertinencia. Cada jugador debe decir una palabra basado en la última letra de la palabra precedente. Ejemplo: vaca…andar…risa… Por supuesto, como todo juego éste tiene reglas: no se pueden repetir palabras, a pesar de ser oral la ortografía importa, las palabras deben existir en la lengua y hay un corto tiempo para decirlas. El juego debe ser ágil, veloz. Salen del juego quienes no cumplan las condiciones. Gana quien al final quede solo. Jugamos un ratico, pero había otras tareas. Hicimos entonces otro juego tratando de encontrar libres asociaciones que estimularan la imaginación, ese chispazo que surge cuando dos palabras se juntan por primera vez, como propugnaban los surrealistas. El juego se enuncia –inicialmente- de la siguiente manera: digo sol y la palabra arde, quien continúa dirá (por ejemplo), digo arde y la palabra es roja. Rápidamente se tratará de ir llegando a que las relaciones sean cada vez más ajenas y por ende sugestivas, digo roja y la palabra es gato…En este juego, nadie sale, nadie gana, nadie pierde… Simplemente jugamos, y algunos de los chicos hicieron unas relaciones que a todos nos maravillaron por las posibilidades poéticas que suscitaban.

Fascículo III

“Yo soy la tapa que cubre la botella”.
Juan Andrés Alcina, 9 años.

“Soy triste y lloro por dentro.
Soy como un libro callado y sencillo”.
Daniela Osorio Casadiegos, 11 años.


El aire bajo el árbol era fresco. No hacía calor, ni frío. El clima era perfecto y los chicos jugaban-trabajaban. Les conté de algunos ejercicios de escritura hechos con estudiantes de escuelas de Medellín y en la biblioteca del Laboratorio del Espíritu en El Retiro, Antioquia, donde trabajo ahora. Y luego les leí algunos de esos ejercicios cuyo nombre genérico es Yo soy. En él los niños se describen a sí mismos pero no es una descripción externa, se hace con analogías, metáforas y algunos de los recursos propios del género poético. Conversamos un poco, di las instrucciones. Y los niños concentrados y en silencio escribieron cosas hermosas y sorprendentes que leímos para todos. A medida que transcurría la lectura íbamos hablando, discurriendo en los felices hallazgos. Algunos de los textos del primer ejercicio de escritura han ido apareciendo aquí y allá en esta crónica, salpicando como las gotas. Y aquí se hace evidente mi pulsión por invitar a los niños a escribir. Difícilmente cumplo con “sólo leerles”. No puedo sustraerme a la búsqueda en ellos de esa chispa de donde saltará en combustión lo poético. Pero para quitarle a la frase solemnidad y rimbombancia, digamos más bien que como en un acto de magia, estoy siempre esperando a que el conejo de la poesía brinque de la mano de un niño.

Fascículo IV

“Yo soy el árbol que cubre la sombra”
Haany Alexandra Ardila, 9 años.


Para el segundo ejercicio les leí en voz alta de Ediciones Ekaré el cuento Nana Vieja de Margaret Wild, una historia dulcetriste de amor y libertad. El tranquilo relato de dejar partir lo que amamos y recibir de ese amor el aprendizaje de vida que todos merecemos. Pero esto es algo que quizás los niños inferirían. La fuerza de la propia historia debía contarlo y sugerirlo a sus corazones casi en un susurro, pero con la potencia perturbadora de lo que arrasa equívocos e instala adentro de uno semillas de verdad. Les propuse tras la lectura un ejercicio de escritura cuyo título era: Si tuvieras 24 horas de vida, ¿qué harías? Escribieron atentos, buscando las palabras que supieran decirlos. A veces veía una carita que se alzaba del papel e interrogaba muda. Uno veía los ojos velados al mundo exterior, volcados hacia adentro, atados a su más secreta intimidad. Cada uno se preguntaba qué sería lo más importante para hacer en las últimas 24 horas en la tierra. Había que escoger y así escribió Karen Liseth Martínez de la institución educativa José María Camposerrano:

Haría:

Visitar al parquecito.
Hablar con mi familia.
Estar con mis amigas.
Salir a la calle a ver por ejemplo:
Los árboles, las flores, a ver los columpios.
Ir donde mis profesores.

Fascículo V

“Soy el sancocho que comes todos los días”.
Yessica Aseneth Lucas, 10 años.


Almorzamos delicioso bajo los árboles y luego volvimos a los grupos, en el mismo sitio en el que estuvimos en la mañana. Hablamos de libros leídos. Con entusiasmo y claridad contagiosa los niños mencionaban los que les habían gustado, los que no, los aburridores, los mejores, los largos, los corticos, los divertidos, los serios. Porqué era bueno leer, qué era lo maluco de leer (que nadie supo responder, en verdad). Conversamos con risas y al final de la tarde nos invitaron a una reunión bajo la generosa fronda de un gran árbol. Tres niñas del grupo se me acercaron: “Profe, ¿sabe que yo quiero ser escritora?”, dijo una menudita de rostro delicado y unos ojos profundos. “Yo también”, dijo una monita de cola de caballo. Me hice una fotografía con ellas para guardar su transparencia. Y después de que conversaron con Beatriz Robledo y Pilar Lozano, dos escritoras que nos acompañaban en la ronda, nos despedimos de las niñas.

Bajo el árbol umbroso, y mientras escuchaba la historia del cable, hice votos porque el milagro de los niños tan cerca a la lectura (y a sí mismos), pudiera ocurrir en muchas partes, así como pasaba y pasa en tantos municipios de El Cesar.

1 comentarios:

  1. Javier tocayo y hermano

    Usted sabe lo que es un cuenta cuentos:

    un geriatra de historias antiguas

    que las saca a pasear por el parque

    para que no olviden los colores

    y se las muestra a los niños

    para que las quieran las respeten

    y le hagan todas las preguntas

    y para que se las lleven escritas en la piel

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