Por: José Luis Molina Torres, pintor y poeta sandiegano, invitado a las Rondas de lectores en La Jagua de Ibirico.
La alarma del despertador del celular no sonó esa madrugada, se activó a las 4 de la tarde cuando ya había concluido toda la actividad.
Son las 6 am ya el bus ha partido y aún estoy en la calle 17 esperando un taxi, no han pasado más de dos minutos pero el desespero hace que cada segundo tenga el valor de una tonelada. Con alegría veo la mototaxi que pita y se detiene (En Valledupar está prohibido el parrillero masculino pero no lo pienso), tres o cuatro segundos más y mis pensamientos van a toda prisa flotando sobre la avenida que conduce al terminal de trasporte. Al llegar encuentro a un taxista que está a punto de partir a La Jagua, seré su único pasajero. Los pensamientos se apretujan en cada rincón del vehículo, buscando el lugar adecuado para digerir el sentido oculto de mis acciones, tratando de reconstruir los sucesos de esa mañana para comprenderme, pero las explicaciones se escapan como un pez enjabonado. El taxista pasa a toda por la variante de Codazzi y ya en la cercanía de La Jagua con el corazón más en calma encuentro el lado amable del asunto – “no hay explicación para esta llegada, paro tal vez pueda servirme de esta experiencia para la trama de un cuento”- .
Iniciamos el taller a las 9:30 de la mañana de un sábado nublado, lo que es una bendición en un pueblo que normalmente pasa de los 45° en la sombra. Mi grupo contaba con 25 jóvenes entre los 13 y 16 años de edad, perteneciente a las poblaciones de Tamalameque, Pelaya, Curumani y Rincón Hondo, no podría decir que todos tuviesen el mismo nivel, pero sí que la gran mayoría habían sido iniciados en la experiencia de la lectura como goce, y es fácil imaginarlos en sus encuentros semanales con las historias fabulosas que propicia el Caracolí del Cesar. Muchos de estos jóvenes ya son lectores consumados que hablan con propiedad de los libros que les gustan.
Cuando se me sugirió la posibilidad de dirigir uno de los taller en el encuentro que se realizaría en La Jagua, lo primero que me plantee para trabajar con estos chicos y chicas iniciados en el gusto por las letras, fue centrarme en algo que ellos no podrían encontrar ni en los libros o en los buscadores de internet, les hablaría de mi propia experiencia, de lo que había significado para mi vida el encuentro con la literatura.
Llegué a la Jagua en el momento del desayuno, los más allegados me trataron con el recibimiento que se les da a un pollo en gallinero nuevo. Ya desayunados nos dirigimos al colegio Guillermo Castro Monsalvo. Este que es un colegio como muchos de la costa Caribe, resalta en su deterioro por estar ubicado en uno de los municipios más ricos del país. Estando allí cualquier visitante comienza a entender por qué todos los alcaldes de la Jagua uno a uno han ido desfilando por los juzgados y las cárceles. Tropezar con esa realidad es una muestra palpable de la necesidad que tienen los municipios del Cesar de generar cambios en las mentalidades, de allí la importancia de los talleres de promoción de lectura.
En el aula múltiple del colegio encontraríamos a un mar de jóvenes y niños que nos esperaban ansiosos, la doctora Mónica Morón en un instante pasó de directora de la biblioteca Rafael Carrillo y Coordinadora de la red de bibliotecas a capitán de barco, de pie sobre una silla escolar se erigió como en una proa para organizar los grupos.
En el taller todo marchaba conforme a lo previsto hasta que uno de los jóvenes lanzó la inquietud que a todo creador le encanta escuchar – ¿nos puede leer algunos de sus escritos?-, hinchado de satisfacción tomé uno de los que consideraba el más efectivo de mis poemas “Receta para el cerdo en salsa”, al finalizar su lectura en vez del apoteósico aplauso que había obtenido en otros escenarios, solo se dejó escuchar una tímida voz, casi imperceptible - ¿pero eso es poesía? –. Intenté dar una explicación de cómo había armado el poema, escuché una voz aún más fuerte: "¡pero usted cometió un plagio!", con el ego un tanto aporreado, comencé argumentar sobre las posibilidades de la intertextualidad en la escritura contemporánea, mientras a manera de escudo, sacaba un poema de Oliverio Girondo, pensando – “qué peligro es que los jóvenes lean, pueden terminar por no tragar entero”-.
El tiempo se paseó con su humedad calurosa y al terminar la jornada los niños y jóvenes continuaban radiantes de sonrisas. Al momento de la partida una de las niñas me tomó del brazo, caminamos lentamente rumbo al bus que la llevaría a su municipio mientras me leía uno de sus poemas que no había podido mostrarme en el transcurso del taller.
Toda la realidad es una invención de nuestro cerebro, la forma como percibimos los colores, los sonidos, son interpretaciones de nuestro aparato biológico, por encontrar una lógica al caos que gobierna la naturaleza. Construimos un sentido organizando los sucesos que se dan en forma caótica, espontánea para ser explicada, para que los otros intuyan lo que nos ha acaecido. De igual forma lo que nos sucede o nuestras acciones tienen que ser reelaboradas para ser texto o arte.
En el taller había intentado mostrarle a los chicos que los escritores toman parte de sus experiencias y de otros sucesos que en apariencia no tienen ninguna conexión: las organizan, les dan un orden para mostrarla en su construcción literaria.
El regreso a Valledupar fue calmado, en la noche mientras llovía a cantaros, tuvimos una cena con todos los talleristas que habían participado del encuentro, pedí una piza con cerveza, fue una sola cerveza y al terminarla ya tenía un leve dolor de cabeza. Al despertar el domingo estaba más que intoxicado no pude cumplir la cita en el café y mucho menos continuar con “El enigma de la llegada” de Naipaul.

Iniciamos el taller a las 9:30 de la mañana de un sábado nublado, lo que es una bendición en un pueblo que normalmente pasa de los 45° en la sombra. Mi grupo contaba con 25 jóvenes entre los 13 y 16 años de edad, perteneciente a las poblaciones de Tamalameque, Pelaya, Curumani y Rincón Hondo, no podría decir que todos tuviesen el mismo nivel, pero sí que la gran mayoría habían sido iniciados en la experiencia de la lectura como goce, y es fácil imaginarlos en sus encuentros semanales con las historias fabulosas que propicia el Caracolí del Cesar. Muchos de estos jóvenes ya son lectores consumados que hablan con propiedad de los libros que les gustan.
Cuando se me sugirió la posibilidad de dirigir uno de los taller en el encuentro que se realizaría en La Jagua, lo primero que me plantee para trabajar con estos chicos y chicas iniciados en el gusto por las letras, fue centrarme en algo que ellos no podrían encontrar ni en los libros o en los buscadores de internet, les hablaría de mi propia experiencia, de lo que había significado para mi vida el encuentro con la literatura.
Llegué a la Jagua en el momento del desayuno, los más allegados me trataron con el recibimiento que se les da a un pollo en gallinero nuevo. Ya desayunados nos dirigimos al colegio Guillermo Castro Monsalvo. Este que es un colegio como muchos de la costa Caribe, resalta en su deterioro por estar ubicado en uno de los municipios más ricos del país. Estando allí cualquier visitante comienza a entender por qué todos los alcaldes de la Jagua uno a uno han ido desfilando por los juzgados y las cárceles. Tropezar con esa realidad es una muestra palpable de la necesidad que tienen los municipios del Cesar de generar cambios en las mentalidades, de allí la importancia de los talleres de promoción de lectura.
En el aula múltiple del colegio encontraríamos a un mar de jóvenes y niños que nos esperaban ansiosos, la doctora Mónica Morón en un instante pasó de directora de la biblioteca Rafael Carrillo y Coordinadora de la red de bibliotecas a capitán de barco, de pie sobre una silla escolar se erigió como en una proa para organizar los grupos.
En el taller todo marchaba conforme a lo previsto hasta que uno de los jóvenes lanzó la inquietud que a todo creador le encanta escuchar – ¿nos puede leer algunos de sus escritos?-, hinchado de satisfacción tomé uno de los que consideraba el más efectivo de mis poemas “Receta para el cerdo en salsa”, al finalizar su lectura en vez del apoteósico aplauso que había obtenido en otros escenarios, solo se dejó escuchar una tímida voz, casi imperceptible - ¿pero eso es poesía? –. Intenté dar una explicación de cómo había armado el poema, escuché una voz aún más fuerte: "¡pero usted cometió un plagio!", con el ego un tanto aporreado, comencé argumentar sobre las posibilidades de la intertextualidad en la escritura contemporánea, mientras a manera de escudo, sacaba un poema de Oliverio Girondo, pensando – “qué peligro es que los jóvenes lean, pueden terminar por no tragar entero”-.
El tiempo se paseó con su humedad calurosa y al terminar la jornada los niños y jóvenes continuaban radiantes de sonrisas. Al momento de la partida una de las niñas me tomó del brazo, caminamos lentamente rumbo al bus que la llevaría a su municipio mientras me leía uno de sus poemas que no había podido mostrarme en el transcurso del taller.
Toda la realidad es una invención de nuestro cerebro, la forma como percibimos los colores, los sonidos, son interpretaciones de nuestro aparato biológico, por encontrar una lógica al caos que gobierna la naturaleza. Construimos un sentido organizando los sucesos que se dan en forma caótica, espontánea para ser explicada, para que los otros intuyan lo que nos ha acaecido. De igual forma lo que nos sucede o nuestras acciones tienen que ser reelaboradas para ser texto o arte.
En el taller había intentado mostrarle a los chicos que los escritores toman parte de sus experiencias y de otros sucesos que en apariencia no tienen ninguna conexión: las organizan, les dan un orden para mostrarla en su construcción literaria.
El regreso a Valledupar fue calmado, en la noche mientras llovía a cantaros, tuvimos una cena con todos los talleristas que habían participado del encuentro, pedí una piza con cerveza, fue una sola cerveza y al terminarla ya tenía un leve dolor de cabeza. Al despertar el domingo estaba más que intoxicado no pude cumplir la cita en el café y mucho menos continuar con “El enigma de la llegada” de Naipaul.
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