Caracolí del Cesar
Por: Beatriz Helena Robledo, invitada a la Ronda de lectores en Aguachica
Llevo muchos años haciendo talleres. Hay siempre una promesa de lo inesperado cuando uno se va a encontrar con un grupo que no conoce, del que sabe algo por referencias porque, quienes organizan, te dan unos datos que te permiten preparar el taller siempre imaginando quiénes serán, qué sabrán, qué habrán vivido, qué esperan…
Esta vez la invitación era a participar en la ronda literaria Caracolí del Cesar. Solo el nombre es un poema. Caracolí, el árbol mágico que da sombra, que cobija. Y el Cesar, una tierra inmensa, calurosa, con gente amable y cadenciosa.
Llegamos a Aguachica después de varias horas de viajar en un pequeño bus, con la grata compañía de Pilar Lozano, amiga querida, periodista, escritora, tallerista y quien desde el inicio compartió el entusiasmo de hacer parte de una ronda literaria con niños y jóvenes.
Primero, el encuentro con los otros, los adultos unidos, porque creemos en el poder liberador del lenguaje. Esa intención compartida se volvió cofradía, pacto fraternal, expectativa. Al día siguiente, el encuentro con los niños.
El espacio se hizo cómplice de la ronda. No logro imaginar cómo pudo haber sido este taller en un salón de clase o en un auditorio. El escenario elegido por los organizadores rimaba con la alegría del encuentro de cientos de niños y niñas venidos de los diferentes lugares del sur del Cesar quienes llevan un largo trasegar por los libros, las lecturas, las conversaciones, los escritos.
Tuve la fortuna de hacer el taller bajo la sombra de un árbol. No era el Caracolí real porque no podía serlo. Caracolí se volvió símbolo: a la sombra del Caracolí nos reunimos niños y jóvenes desde los 12 a los 16 años a disfrutar con el lenguaje, a crear y a imaginar mundos posibles, a partir de las historias y poemas entretejidos con sus palabras y sus deseos.
Les propuse un Festival de adivinanzas. Cada grupo recibió un libro de adivinanzas con la propuesta de leerlo, disfrutarlo y luego elegir cuatro adivinanzas bien difíciles para lanzarlas –como una piedra en el estanque- a sus compañeros. Las adivinanzas comparten la magia del Caracolí. Te atrapan y te hacen olvidar del tiempo real. Toda tu mente y tus emociones se concentran en tratar de encontrar la respuesta que no es más que el conjuro para lograr la epifanía de la imagen.
Vengo de padres cantores
Pero yo cantor no soy
Tengo blanca la capita y amarillo el corazón.
En el campo yo me crié
Metida entre verdes lazos
Y aquél que llora por mi,
Es el que me hace pedazos.
No soy de vidrio
Ni de cristal
Mas al nombrarme me rompen.
Las imágenes son metáforas, crean resonancias que te acercan a la palabra y al encontrarla, rompe el encantamiento, dejando un eco de sonidos, sabores, texturas, olores, formas, que aparecen al intentar adivinar. Y este intento produce placer.
Los niños gozaron el festival. Reinó la alegría y la concentración.
-Grupo 1 lanza su adivinanza al grupo 2. Si adivinan ganan el turno para lanzar la suya. Si no lo logran, pasa el turno al grupo 3
Y así… la ronda literaria se teje esta vez en el mundo del enigma, del rompecabezas de imágenes que te conectan con la poesía. Porque la adivinanza es metáfora en proceso, es símil, es analogía. Conocer el proceso creativo que lleva en sí una adivinanza le da a los niños una vivencia que es, a la larga, conocimiento para crear sus propios textos, sus propias imágenes.
Una chica llevaba la cuenta del grupo ganador. No hice eco a este deseo, porque hace tiempo aprendí con esta ronda de las adivinanzas, con este festival, que no era bueno presentarla como competencia. Nuestros niños deben aprender otras maneras de relacionarse que no sea compitiendo. Quizás en este país tan violento y tan desbaratado recrear los espacios gratos, amorosos y creativos puede trazar rumbos más vitales a estos niños que tienen una realidad dura y difícil. Como lo es para la mayoría de nuestros niños.
Al terminar el festival me di cuenta que el Caracolí acababa de entregarles una vez más el poder de la palabra.
Entonces el Caracolí empezó a florecer…
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