Por: Javier Naranjo, escritor y promotor de lectura, invitado a las Rondas de lectores de La Jagua de Ibirico.
Es algo que casi siempre molesta, que afrenta las “buenas conciencias”. El taller que hicimos fue sobre la muerte. No el crimen, no el asesinato, aunque ahí se muere y de mala manera. La muerte inevitable de la que no conviene hablar, y con los niños menos porque pensamos que a ellos hay que ocultarles todo. Sin embargo creo que muchas cosas sanan cuando las hacemos visibles con las palabras. Dice Fernando Savater: “Todos los niños se creen inmortales (los muy pequeños incluso piensan que son omnipotentes y que el mundo gira a su alrededor; salvo en los países o en las familias atroces donde los niños viven desde muy pronto amenazados por el exterminio y los ojos infantiles sorprenden por su fatiga mortal, por su anormal veteranía...) pero luego crecemos cuando la idea de la muerte crece dentro de nosotros. Por otro lado, la certidumbre personal de la muerte nos humaniza, es decir nos convierte en verdaderos humanos, en «mortales». Entre los griegos «humano» y «mortal» se decía con la misma palabra, como debe ser”. Relato nuestro encuentro en el rico pero empobrecido municipio de la Jagua de Ibirico. La mañana. Sol reverberante. No hay agua en el colegio para mitigar el bochorno. En un salón de clases nos sentamos en círculo. Son 19 chicos de La Jagua, de Curumaní y de Tamalameque, y el escritor Luis Barros y la profesora Mayra Guevara Ospina. Los abanicos funcionan a media marcha sin poder aliviar casi nada. Tenemos que refugiarnos en las palabras, buscar su sombra para poder abordar el tema de la muerte sin que –como el sol- lastime. Nos presentamos brevemente, los ojos inquietos de los niños quieren saber hacia dónde deriva el taller. Leo saboreando las palabras, hablando un poco, deteniéndonos en las imágenes y en las voces en las que todos nos guardamos. Afuera en la cancha juegan unos chicos, se oyen sus risas, pero nosotros estamos en la conversación tranquila que sucede entre El Pato y la Muerte. Hablamos, preguntamos, pensamos cosas que tienen que ver con la mortalidad. Mortalidad de 9 años, mortalidad de 12 años y de quienes ya no están, muerte de los adultos que los acompañamos. En otro libro que leemos (Sapo y la Canción del Mirlo), varios animalitos descubren entre dudas que todo muere, porque su mirlo amigo que parece dormido está muerto: “Liebre señaló el cielo azul. –Todo muere- dijo. -¿Nosotros también? – preguntó sapo. Liebre tenía dudas. Quizás cuando seamos viejos- dijo”. Y hablamos de duelos, de ceremonias que acompañan la muerte, de la tristeza y de que la vida debe seguir, como lo expresan varios de los niños. En el salón vecino mi amigo Fernando ríe con su grupo, nosotros estamos en otra cosa. No hay nada tremebundo, ni dramático. En el aire se siente la tristeza de lo perdido, la voluntad de que las palabras ayuden a sanar con el bálsamo de lo dicho y tal vez tan callado. Y tal vez tan oculto. Y tal vez tan dolido. No hurgamos en la herida, queremos aliviarla un poco con el fluir tranquilo de lo que da sosiego. Las palabras evocan: “Para: un ser muerto. Hola Zoila aunque estés muerta yo te sigo queriendo, te llevo en el Corazón, pero yo no puedo estar contigo porque estás muerta, y con Dios. Él te está cuidando allá arriba, pero cuando yo vaya otra vez al cementerio, te voy a visitar también. Te quiero decir que cuando te atropelló el carro, cuando pasaron unos días tu mamá parió una niña y el nombre es así: Zoila. El mismo nombre tuyo. Cuida a tu hermana desde el cielo. Chao." Yina Salcedo Hernández de Curumaní. ¿Si fueras inmortal que harías? “A ver, si fuera inmortal no me gustaría pasármela de andante por el mundo. Pero si tuviera la oportunidad la rechazaría, porque como dicen en los cuentos de los hermanos Grimm, que la vida es una vela hasta que la llama o la luz de mi vela se apague. Porque no me gustaría tener en vez de vela velón, porque no querría. Sólo quiero disfrutar la luz de mi sendero hasta que la luz se vaya y se apague la luz de mi camino. Ya que no me gustará tener un velón jamás o nunca se apagara, porque ya mis amigos y familiares del alma estarían en el cielo”. Yaneth Barraza. Termina la mañana con algo de humor que aligere. Y le entrega un poquito de picardía y rostros alegres al día. El escritor Luis Barros (quien me ha traducido todo el rato (del “Cesarense al Paisa”), presta su voz al cuento Mi día de Suerte de Keiko Kasza. Todos sonreímos. |
La tarde
Almorzamos, volvemos al salón. Tarea para un par de horas: rastrear sus lecturas, lo que hacen con los libros de la biblioteca que llevan a sus casas. El calor del día ha crecido y sólo provoca dormirse o salir. Conversamos un poco, les explico qué debemos hacer. Algunos de los niños escriben estas cosas:
-Zunilda Cerpa Vargas (no anotó de donde venía).
Libros Leídos:
Sopa de Calabazas, El Hada de la Fuente, La señora Contraria, El Conejo Buscando a su Familia, Los Tres Cerditos, Rapunzel, Caperucita Roja.
¿Llevás libros a casa? ¿Qué hacés con ellos?
No llevo libros a casa porque si yo llevo libros a mi casa los cogen mis hermanos y dañan el libro, y después a mi padre le toca pagar el libro. Y lo que hago con los libros es: leo los libros, aprendo de los libros por los libros. Puedo aprender a inventar cuentos.
-Ingri Marcela Miranda (Tamalameque).
Libros Leídos:
Cien Años de Soledad, El General en su Laberinto, Serafín es un Diablo, Estaba el Señor don Gato, Vamos a Cazar un Oso, Willy el Tímido, Cosas que me Gustan, Oliva Salva el Circo.
¿Llevás libros a casa? ¿Qué hacés con ellos?
No llevo Libros a mi casa porque los leo en la biblioteca.
-Yaneth Barraza Coronel (Tamalameque).
Libros Leídos:
Mi perro Míster, El Coronel no Tiene Quien le Escriba, Willy y Hugo, Willy el Mago, Las Historias de Willy, Vamos a Cazar un Oso, Willy el Tímido, Mambrú se fue a la Guerra, Las Historias del Pirata sin Barba.
¿Llevás libros a casa? ¿Qué hacés con ellos?
No porque no me gusta. Mis padres dicen que qué bueno porque yo les comento sobre lo que leí. A mi abuela también. Siempre les cuento, se alegran y me dicen que siga así.
-Enaida Carolina Villanueva (La Jagua de Ibirico).
Libros Leídos:
El Coco: es un libro fantástico y también lleno de aventuras.
Caperucita Roja: es una historia fantástica, también te llena de ideas y sonrío mucho con mi papá.
¿Llevás libros a casa? ¿Qué hacés con ellos?
Si porque me gusta leer con mi hermana.
-Evis Morales Blanco (Curumaní).
Libros Leídos:
Piojos, La Niña Valiente, El Hombre que Vuela, La Señora Contraria, El Molinillo, Mamá Mágica, La Familia, Sopa de Calabaza, Tres Cerditos, La Monalisa.
¿Llevás libros a casa? ¿Qué hacés con ellos?
Si porque me gustan. Mis papás no paran bolas sólo los leo yo.
Al final de la jornada leo el cuento ecuatoriano de María Angula. Hay una atención inmediata que nace del silencio temeroso de todos. La gracia de la “incredulidad suspendida”, como decía Coleridge.
Salimos. Los niños quieren descansar, la jornada fue intensa, hecha de cosas ardientes, pero en las palabras encontramos cobijo y reposo. Hay que estirar los músculos. Una niña me pide el libro de Cuentos de Espantos y Aparecidos, se queda en el salón. Lee absorta, la veo estar en otra tierra, olvidada del sol, de la muerte, de las risas que se riegan por el colegio. Sentada y sola y ajena al afuera. Bendecida de presente.
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