El mar es como un cuento que cantan sus caracoles
Rodolfo Lara Mendoza, escritor cartagenero invitado a las Rondas de lectores en Aguachica.
No ha sido fácil traer el mar en bus desde Cartagena: pesa dentro de mi morral y me maltrata con sus puntas las costillas y la espalda. El temor a que se derrame con cada frenada, como el café que compré hace un rato en Bosconia, me mantiene en vilo. Pese a todo, siento que valdrá la pena el esfuerzo de llevarlo hasta Aguachica si allá encuentro un solo niño que quiera —como la niña del cuento de Berdella que el maestro Guevara me contó— tener en su jardín su propio mar.
Atravesar de noche el departamento del Cesar es ir saltando sobre islotes de luz que flotan entre un mar de sombras: es la noche cesarense que abraza un sin fin de pueblos olvidados. Apenas un instante atrás, todavía en el Magdalena, mientras el bus atravesaba las espesas selvas y los monótonos cultivos de palma o de plátanos, pensaba en que la mejor recompensa que he recibido de estos talleres ha sido conocer tanta gente linda, personas entrañables como Mónica Morón, Carlos Guevara, Eliana Villaroel y Benjamín Casadiego, para nombrar sólo a algunos de estos gestores y promotores, ausentes de los noticieros en los que se muestra sólo el lado flaco de este maravilloso país del cual vivo cada día más enamorado. Por eso, mientras palpo con la mano a través de la tela del morral el gigantesco caracol en el que traigo el mar, les agradezco en silencio por la posibilidad de sacar con los niños esto que yo mismo tengo de niño, esta torpeza que me hace perder aviones y tropezar a cada tanto con las paredes y las cosas. Eliana puede dar constancia de esto último que digo.
Tras casi doce horas en bus, Aguachica aparece ante mis ojos como una calle larga que siempre está de fiesta. Es noche de viernes y en cada una de sus esquinas la vida se celebra. Ya en el hotel entablo conversación con Frank Daza, compañero de cuarto y, al igual que yo, promotor de lectura. Aunque no nos hemos visto antes, descubrimos que nos conocemos de siempre, tal vez de otra vida. Hablamos un rato de las expectativas que tenemos para este taller, y luego Frank saca su guitarra y entona media docena de vallenatos. Yo trato de retener algo de esa música en el caracol.
A la mañana siguiente, cuando les enseño el caracol a los jóvenes asistentes al taller, lo primero que hacen es llevárselo al oído. Ahí está el eco de la música de Frank y el de las voces que he venido recogiendo a lo largo del camino. Pero, principalmente, ahí está el eco del mar; lo he traído desde Cartagena para que ellos lo escuchen. El lugar de este encuentro es el Parque Recreacional El Limonar, ubicado en Villa de San Andrés, una población del municipio de Aguachica, Cesar. Al igual que yo, también estos muchachos, con edades entre los 13 y los 15 años, han hecho un largo viaje desde La Gloria, desde González, desde Gamarra, aun así ninguno se muestra cansado y todos tienen ganas de participar. Son diecinueve en total. Cuando les pregunto si conocen el mar, sólo cinco levantan la mano. Uno de ellos le pone la nota de color al encuentro diciendo: “Conozco el mar… el mar-eo que me dejó el bus”, y todos estallamos en risas.
Hemos hecho un círculo con las sillas junto a uno de los senderitos que llevan al interior del parque. Llovió copiosamente al principio, pero ya escampó, y nuestras sillas descansan sobre una gruesa capa de piedrecillas que esporádicamente resuenan bajo nuestros pies haciéndose notar. Les explico a mis muchachos que aunque vivamos lejos del mar y nunca lo hayamos visto, todos tenemos en la sangre, al igual que el caracol, una memoria del mar, y no sólo del mar sino también de todas las demás cosas que hay en el mundo. Ellos me miran sorprendidos cuando les comento que nuestros abuelos, o los abuelos de nuestros abuelos, conocieron el mar y todas las demás cosas, que las sintieron vibrar en su sangre, y que nosotros recibimos de ellos esa vibración. Les pregunto si saben por qué los cachacos cuando van al mar no quieren salir de él, y una de las niñas responde que es porque ellos no tienen mar y tratan de aprovecharlo al máximo. Les propongo entonces sumergirnos de ese mismo modo en el taller, porque al igual que los cachacos, que no tienen mar, nosotros no tenemos la oportunidad de compartir las letras y la vida de esta manera todos los días.
Luego de la presentación de rigor, iniciamos el taller con un ejercicio de sensibilización en el que cada uno de los jóvenes, a su turno, sostiene junto a su oído el caracol por un instante, mientras cierra los ojos para escuchar el eco del mar. Algunos se retiran el caracol sorprendidos, y otros simplemente sonríen o guardan enigmático silencio. Una de las jóvenes se retira el caracol del oído e interviene para afirmar que, según la ciencia, no es el mar el que suena dentro del caracol. Yo le pregunto qué cree que es entonces lo que ha escuchado, y ella responde, con actitud seria, que el mar. Todos quedamos satisfechos con esa respuesta. Entonces les leo en voz alta “la función del arte”, de Eduardo Galeano:
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
— ¡Ayúdame a mirar!
Hablamos del título del cuento y de la solicitud del niño al final, y acabamos por concluir que el arte y la belleza se aprestan principalmente para acercar a las personas, para hacernos más humanos. Leemos a continuación el cuento de Leopoldo Berdella “La niña que quería tener su propio mar”, y hablamos del poder del pensamiento y la imaginación. Entonces les narro el pasaje inicial de “Las mil y una noches”, para mostrarles la voluntad de sacrificio de una doncella, a quien la sola imaginación le ayudó a salvarse a sí misma y a salvar a las jóvenes de su pueblo por medio del arte de narrar. Y es que a medida que leemos, les digo, a medida que escuchamos historias, éstas van llenando nuestro universo interior a la manera de un caracol que, tarde que temprano, alguien se acercará al oído para recibir noticias de lo que ha sido nuestra vida. No más decirles esto pienso en el maestro Carlos Guevara, quien gentilmente me ha sugerido algunos textos para el taller, pienso en las miles de historias que poco a poco he ido escuchando en su voz de padre bueno, irreverente y genial, en su memoria de caracol repleto de anécdotas y saberes.
A partir de allí empezamos a dar rienda suelta a las historias. Germán Lajud, mi compañero de taller, les cuenta a los jóvenes una historia de brujas y rezanderos; yo les cuento la del hombre que se enamoró de una muchacha en una fiesta, y al visitarla al día siguiente se enteró de que la muchacha llevaba varios meses muerta; Raquel Martínez, una niña de mirada embrujadora, se anima a su vez a contar la historia de la Leonelda, una bruja popularizada a través de la narración oral en La loma de González.
Hacemos un receso para el almuerzo, y entre cucharadas de sopa, platos con arroz, y muslos de pollo que vienen y van, los promotores intercambiamos impresiones de esta primera sesión. Luego nos reunimos otra vez con los niños y jóvenes y les preguntamos por lo último que han leído, por esa reciente experiencia. Me sorprenden en especial las muchachas de González, pues son la prueba fehaciente de que las encuestas que hablan de los bajos índices de lectura en los departamentos de la costa Caribe deben empezar a ser revisadas. Las lecturas mencionadas por estas jóvenes son: “Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere”, de León Tolstoi; “El matadero”, de Esteban Echeverría; “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera” y “El coronel no tiene quien le escriba”, de Gabriel García Márquez; “El perfume”, de Patrick Suskind; “El diablo de la botella”, de Robert Louis Stevenson; “Los de abajo”, de Mariano Azuela; “Crepúsculo”, de Stephenie Meyer, y, como si fuera poco, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes Saavedra, entre otras lecturas más. Los jóvenes de La Gloria hablan de “El viejo y el mar”, de Hemingway, y de “El amor en los tiempos del cólera”, de Gabriel García Márquez. Los de Gamarra cuentan a su vez sus experiencias con “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, y “La odisea”, y los niños de Aguachica, que son los más pequeños de mi grupo, me enseñan unos bellos cuadernos en los cuales tienen resumidos los cuentos que han leído e ilustrado de acuerdo con su percepción.
A media tarde damos por terminado el encuentro, instando a los niños a seguir leyendo, a seguir escuchando las historias que cuentan los abuelos, y a seguir comulgando con esa naturaleza que los habitantes de las grandes ciudades no tienen la oportunidad de disfrutar; allí también hay un mar, verde, envidiable como el mar azul que les he traído de mi ciudad.
Un rato después, mientras el resto de promotores se congrega en torno a la guitarra de Frank, y Fillipo Casadiego y yo tomamos fotos a una mata de bonches, una de las jóvenes asistentes al taller me llama desde el otro lado del jardín. Es Raquel Martínez, la joven que me habló de la bruja Leonelda, quien, a riesgo de que el bus la deje, se ha devuelto para pedirme un regalo, algo para recordar. No tiene que decírmelo, lo leo en sus ojos verdes: quiere mi caracol. Sé que con él le entrego parte del mar de Cartagena y todos los temores y expectativas que me generó este viaje. Pero para eso vine. Así que con gusto se lo entrego, no puede ser de otra forma. Y ella se va sin saber que su sola mirada me ha devuelto un mar más profundo, mucho más puro, todavía incontaminado: el mar que lleva guardado en su alma.
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