Dos novelas, escritas con más de medio siglo de distancia entre una y otra, nos ubican sin misericordia ante nuestras debilidades éticas y morales. Sin ir muy lejos, ambas historias pueden, entre miles de posibilidades, ponernos ante el espejo colombiano como ciudadanos.
Benjamín Casadiego
I
Un escritor, ya entrado en años y pequeño dios de los detalles, apuesta por una pregunta, si la respuesta se desarrolla en un espacio cerrado, la suma de ambos, pregunta y espacio, dará como resultado una espesa pesadilla macerada con humor negro. La pregunta tiene que ver con ese si mágico que desarrolló Konstantín Stanislavski a comienzos del siglo XX en sus laboratorios de actuación en Rusia: ¿Qué ocurriría si? Saramago se hace esa pregunta que lo llevará a uno de sus más celebres proyectos literarios: ¿Qué ocurriría si un día la gente comenzara a quedar ciega hasta alcanzar los niveles de epidemia? Luego viene el diseño de esos espacios, la ciudad donde se desarrollará la epidemia y el sitio cerrado, un manicomio, en donde los ciegos desgraciados serán recluidos en cuarentena. Un laboratorio de la condición humana. Un ensayo sobre la ceguera.
La peste y su inmediata medida preventiva, la cuarentena, ha servido a lo largo de siglos para medir la fortaleza moral y ética de comunidades enteras que tienen la desgracia de vivir en un escenario semejante. A mediados del siglo XX, justo al final de la Segunda Guerra Mundial, sale a la luz una obra que vendría a traducir en 200 páginas el sentimiento de un continente como el europeo sometido a esa “cuarentena” por la guerra y el posterior sentimiento de horror y frustración cuando los campos de concentración se fueron revelando y la pregunta laceraba: ¿Dónde estaba yo? ¿Por qué no hice nada? Nos referimos a La Peste (1947), de Albert Camus.
Las cosas, en la vida y en el arte, comienzan con sencillez, luego se van complejizando, tal como lo aseguraba el padre Brown, un clásico personaje de G. K. Chesterton: “Cada obra de arte, sea divina o diabólica, tiene un sello indispensable: su centro ha de ser simple, por más complicado que sea su desarrollo”. El tema de Camus es un ejemplo de lo anterior: un día cualquiera aparece una rata muerta, al otro día son cinco, luego sesenta, luego sesenta mil. A la semana siguiente un ser anónimo entre cientos de miles es internado con 40 grados de fiebre y bubas en los ganglios; casi al instante la cifra se riega en la tranquila y optimista ciudad. En un principio el pánico se administra con la vieja fórmula, “esto no es conmigo: las ratas y los muertos vienen de arrabales lejanos a nosotros”, luego la ciudad se da cuenta de que la muerte está en sus casas, calles y vidas. El final del primer capítulo nos asoma al terror que se viene con el parte oficial del gobierno: “Declaren el estado de peste. Cierren la ciudad”. El escenario para esta ficción es Oran, una ciudad argelina, frente al Mediterráneo.
Las líneas argumentales son básicamente las mismas en ambas novelas: primero, un hecho casual que pasa inadvertido para la mayoría de los habitantes; segundo, la sospecha de que hay un peligro; tercero, las medidas sanitarias preventivas; cuarto, el encierro del mal; quinto, el rechazo histérico; sexto, la evidencia de cambios morales y éticos en la población a partir de la lucha individual por salvarse y por no estar dentro de los apestados, por último la aceptación y la convivencia con el mal hasta el final de la cuarentena donde ya nada vuelve a ser igual: “La alegría general fue sustituida por el nerviosismo, Y ahora, qué vamos a hacer, preguntó la chica de las gafas oscuras, después de lo ocurrido yo no conseguiré dormir…” (Saramago). “Oyendo los gritos que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada” (Camus).
Si bien los picos narrativos de ambas novelas son casi idénticos, el desarrollo de las acciones, el tratamiento de los personajes, el estilo narrativo y los espacios son, por supuesto, diferentes. La escritura de Camus está basada en frases cortas, que a veces quedan sueltas como para que el lector las rehaga y desarrolla los diálogos clásicos separados de la narración con un punto aparte; la de Saramago es de párrafos largos que contienen al mismo tiempo narración y diálogos, como es tradición en toda su obra desde la primera novela, Memorial del Convento (1982), donde un personaje, Blimunda, ve el interior de las personas y para evitar esa pesadilla diaria debe comer pan al amanecer, antes de abrir los ojos.
Camus narra una ciudad con detalles, los lectores paseamos por Oran en cuarentena, entramos a los bares, caminamos las calles, miramos desde los puntos altos los bellos atardeceres con fondo marino, nos mojamos con las lluvias y entramos a misa a escuchar los sermones del sacerdote. Los lectores seguimos su línea de investigación planteada desde la primera página: “El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere.”
Saramago se inventa un manicomio custodiado por militares que tienen orden expresa de disparar si los ciegos se atreven a salir. Cuando al final salen, los personajes se encuentran encerrados en la misma ciudad convertida en muladar habitado por seres fantasmales, un espacio que al no poderse ver resulta siendo un laberinto, un espacio gótico al que se reconoce a tientas, por el tacto: “Le dices a un ciego, Estás libre, le abres la puerta que lo separaba del mundo, Vete, estás libre, volvemos a decirle, y no se va, se queda allí parado en medio de la calle, él y los otros, están asustados, no saben adónde ir, y es que no hay comparación entre vivir en un laberinto racional, como es, por definición, un manicomio, y aventurarse, sin mano de guía y traílla de perro, en el laberinto enloquecido de la ciudad, donde de nada va a servir la memoria, pues sólo será capaz de mostrar la imagen de los lugares y no los caminos para llegar”. Pero será la misma ciudad la que dará solución al problema y son los protagonistas quienes insinúan que la solución es organizarse, como han estado a tientas organizándose desde que estaban en cuarentena. “Lo malo es que no estemos organizados, debería haber una organización en cada casa, en cada calle, en cada barrio, Un gobierno, dijo la mujer, Una organización, el cuerpo también es un sistema organizado, está vivo mientras se mantiene organizado, la muerte no es más que el efecto de una desorganización, Y cómo podría organizarse una sociedad de ciegos para que viva, Organizándose, organizarse ya es, en cierto modo, tener ojos…”
Allí, en esa palabra: organización, organizarse, es donde se evidencia la apuesta política de Saramago: solo si nos organizamos podemos dejar de ser ciegos en vida, lo cual parece ser la lección que nos quiere dejar luego de habernos encerrado en 329 páginas.
Si para Saramago la respuesta a este estado de cosas es organización, para Camus la palabra de acción es concentración. “Yo sé a ciencia cierta que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca. El hombre íntegro, el que no infecta casi a nadie es el que tiene el menor número de distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás!”.
Enseguida aparece otra clave de acción en la tesis de Camus para hacerle frente a una epidemia que trasciende lo físico y se aposenta en la moral y la ética: hablar claro. Dice el mismo personaje antes citado: “He oído tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme perder la cabeza y que se la han hecho perder a tantos otros, para obligarle a uno a consentir en el asesinato, que he llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro. Entonces he tomado el partido de hablar y obrar claramente, para ponerme en buen camino.”
La apuesta ética de Saramago, la responsabilidad civil se expone en este diálogo entre la protagonista y su esposo: “Llegaré hasta donde sea capaz, no puedo prometer más, Un día, cuando comprendamos que nada bueno y útil podemos hacer por el mundo, deberíamos tener el valor de salir simplemente de la vida.”
Lo que uno tomaría como la conclusión de Camus ocurre con su protagonista, el doctor Rieux, que lo ha visto todo en esa cuarentena y que aprendió a pensarse a sí mismo en medio de la plaga como directo involucrado en los sucesos: “Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.
Para ambos, Saramago y Camus, la ceguera por un lado y la peste por otro, son expresiones de una degradación moral. Si para Saramago Dios está ciego, para Camus, está enfermo.
Volvamos a Camus: “… Por mi parte me negaré siempre a dar una sola razón, una sola, lo oye usted, a esta repugnante carnicería. Sí, me he decidido por esta ceguera obstinada mientras no vea más claro.” Y más adelante agrega: “He llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz”. (…)
Leamos a Saramago: “Por qué nos hemos quedado ciegos. No lo sé, quizás un día lleguemos a saber la razón, Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven.”
Los lectores de Un ensayo sobre la ceguera (1995), además quedar contagiados por la epidemia, sospechamos que no hay solución a la vista. Saramago nos permite cruzar la barrera del papel y de la letra impresa, tal es su maestría, para confundirnos y mimetizarnos con esos personajes traspasados por la maldad y el amor: la novela nos deja saber que las utopías y las distopías están allí, agazapadas en nosotros esperando saltar: “Entonces la mujer del médico comprendió que no tenía ningún sentido, si es que lo había tenido alguna vez, seguir fingiendo que está ciega, está visto que aquí nadie puede salvarse, la ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”. Somos ciegos y precarios, lo sabemos pero lo olvidamos apenas traspasamos los umbrales de nuestra cuarentena, nuestra línea de sombra, donde recuperamos la condición de seres humanos, arrogantes luego del triunfo contra la muerte. Al final de ambas novelas sabremos lo que siempre hemos sabido: Primero, no estamos preparados para ver. Segundo: el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás.

II
Las cuarentenas llaman la atención de los escritores. Nada más adecuado para conocer y narrar las miserias humanas que en el estrecho marco de un tiempo preciso y de un espacio cerrado. García Márquez utiliza la cuarentena para que dos ancianos, los protagonistas de El amor en los tiempos del Cólera, puedan consumar su amor a bordo de un vapor que remonta solitario el Magdalena. Joseph Conrad, encierra a sus personajes en un barco que ha quedado aquietado misteriosamente en pleno golfo de Tailandia, hasta que por la borda va reptando la locura y la enfermedad para delimitar esa inquietante línea de sombra, el tiempo que dejamos atrás de manera irremediable. ¿De dónde viene ese noble oficio de encerrar a los personajes para de allí sacar una parábola del ser humano?
Juan Goytisolo medita sobre esto en La Cuarentena, una hermosa novela sobre la vida después de la muerte en la tradición musulmana: “El proceso de la creación novelesca, ¿no es una cuarentena? Durante el lapso necesario a la composición de la obra, el autor ¿no debe retraerse del mundo y establecer en torno a él y su material de trabajo un auténtico cordón sanitario, con protección y barreras? El poder contaminador de la escritura, del que es la primera víctima antes de convertirse en instrumento, ¿no impone un retiro similar al de los reclusos de un lazareto o monjes de clausura poseídos por Dios? Su aventura insensata de reunir y ordenar los elementos del texto en un ámbito impreciso e informe (…), ¿no exige la condensación de todo ello en un locus mental cuidadosamente dispuesto para incubar la enfermedad contagiosa e impedir su dispersión prematura? Como las otras epidemias, la germinada en el caldo de cultivo del novelista busca, pasada la cuarentena, su natural prolongación en la figura receptiva del lector, destinatario de su propuesta infecciosa y fecunda”.
Tanto Camus como Saramago han cumplido su cometido: establecieron su cuarentena mientras escribían y luego soltaron el virus para infectar a los lectores. Uno imagina sus risas.

III
En la Inglaterra del siglo XVIII, un oscuro escritor, Horace Walpole se deleitaba diseñando castillos de donde sus a sus personajes les fuera imposible salir. Para ello diseñaba, antes de escribir sus novelas, pasadizos que no conducían a ningún sitio, puertas selladas, puentes que no se descolgaban, fosos profundos infectados de peces carnívoros, habitaciones oscuras, cargadas de espesos cortinajes. Álvaro Mutis, siguiendo su ejemplo, encierra a los suyos en la mansión de Araucaima, un relato gótico de tierra caliente, como dice el subtítulo, donde el lector sabe desde el principio que no hay salida y que debe atender la máxima del Dueño: “Si entras en esta casa no salgas. Si sales de esta casa no vuelvas. Si pasas por esta casa no pienses. Si moras en esta casa no plantes plegarias”. Mutis narra que habló con Luis Buñuel cuando tuvo la idea de escribir una novela gótica en el trópico: "Quiero hacer una novela gótica pero en tierra caliente, en pleno trópico"[...]. Buñuel me contestó que no se podía, que era una contradicción, ya que la novela gótica para él tendría que suceder en un ambiente gótico. Para mí el mal existe en todas partes; y la novela gótica lo que se propone es el tránsito de los personajes por el mal absoluto.”
Si la característica de la novela gótica son los paisajes sombríos, bosques tenebrosos, ruinas medievales de donde es imposible salir y castillos con sus respectivos sótanos, criptas y pasadizos bien poblados de fantasmas, ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios, podemos decir que tanto La Peste como Un ensayo sobre la ceguera harían parte de un subgénero de novela que me atrevería a llamar de neogótica, donde los castillos cerrados se reemplazan por manicomios y ciudades cerradas, donde los fantasmas y los ruidos nocturnos son las enfermedades y la degradación de los seres que habitan esos espacios hasta convertirse en asesinos inmisericordes que van dejando a su paso cadenas, esqueletos y demonios.
...
Una alerta para abrir los ojos, o cerrarlos: mientras escribía esto, las pantallas de mis dos computadores, el portátil y el de mesa se dañaron de manera súbita e inexplicable, quedaron ciegos uno detrás de otro, con todo sus sistemas operativos funcionando a la perfección. Mi pregunta, antes de llevarlos al centro de reparación es: ¿Ellos son los ciegos o yo quedé ciego de lo que ellos tienen en sus memorias?
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