La otra vez un gigante dejó a su pequeño y asustado hijo en la biblioteca de Gamarra, ante mí lo tenía al pequeño, inquieto y perdido, le dije simplemente: si te gusta leer aquí hay libros. El niño miró tímidamente los estantes y no dijo nada. El grupo de los “viejos” lo acogió e hizo una ronda en torno a él, expectantes, acezantes: ¡Eh, con que un nuevo chico en nuestra cuadra! Entonces le dije antes que lo devoraran:
- ¿Qué cosas te gusta leer?
Silencio. Probé entonces con algo que tal vez no está en los cánones de la promoción de lectura:
- ¿Te gustan las historias de mar, dentro del mar o en la tierra?
- Me gustan las de dentro del mar.
¡Eureka! Eso causó comentarios y movimientos estratégicos.
- Bueno, ya es hora de que vaya pensando en cosas más elevadas –dijo una “vieja” lectora.
No entendí si por elevadas entendía el ascender del mar hacia la tierra, como las larvas de los primeros seres humanos arrastrándose hacia la civilización por las arenas primigenias. Otra se le acercó y le confesó que ella también prefería las historias submarinas y lo conminó dulcemente hacia los estantes para mostrarle otros libros que ella se había leído y que eran buenísimos: sobre delfines, castillos submarinos, hadas. Los vi luego sentados: él mirando los libros que ella le recomendaba, él muy juicioso observando el libro y yéndose a leerlo a solas.
Leer, saber dónde estamos parados y ser coherentes. Eso funciona: no hay artificios. Así con todo en la vida.
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