En las bibliotecas del Cesar se pueden encontrar varios libros del premio Nóbel alemán Günter Grass: El Tambor de Hojalata, La Caja de los deseos, que comentamos hace un tiempo y Pelando la cebolla que se encuentra en la Carrillo Lúquez de Valledupar. El comentario a este último libro tiene que ver con una pregunta que desarrollaremos, por ahora, en dos sesiones y que hacen parte de las inquietudes centrales de este proyecto de lectura: ¿Pueden cambiar los índices de pobreza y subdesarrollo los libros que leen nuestros niños y jóvenes en el Cesar?
Benjamin Casadiego
A los 12 años intentó ahorcar a uno de sus profesores, para fortuna de todos la corbata de su mortal enemigo era de papel con lo que el crimen no pudo ser consumado. Sin embargo el castigo fue severo: el concejo disciplinar lo expulsó de manera fulminante. Eran tiempos difíciles y las corbatas no siempre eran de tela.
Günter Grass (Danzing, 1927) cuenta el camino que lo llevó hacia el arte y la literatura en uno de los libros más conmovedores y sinceros que ha producido la literatura contemporánea: Pelando la cebolla (2006), sus memorias, que como las capas de la cebolla, se va abriendo hoja a hoja dejando al descubierto en sus transparencias una historia personal que va creciendo en ese duro laberinto moral que constituyeron los años de la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Allí el escritor revela verdades que le mordían a dentelladas secas desde aquellos años, como el hecho de haber participado de voluntario dentro del ejército nazi y de haber llegado tardíamente al convencimiento de que aquél holocausto había sido una realidad y no un invento de los enemigos de Hitler y del Tercer Reich: “Nosotros, es decir también yo, no queríamos creer lo que nos mostraban: fotos en blanco y negro, imágenes de los campos de concentración … Veía montañas de cadáveres, los hornos. Veía hambrientos, muertos de inanición, supervivientes reducidos a esqueletos de otro mundo, increíble. Nuestras frases se repetían: ¿Y dicen que eso lo han hecho los alemanes? Eso no lo han hecho nunca los alemanes.” Estas confesiones le valieron hace 5 años el repudio de muchos pacifistas, de muchas víctimas judías, un rechazo que con el paso del tiempo, cuando fue bajando la tempestad, vaciló en admiración por la honestidad con que asumió esa historia íntima que solo él podía contar.
Porque leyendo ahora el libro sin la pasión de los directos involucrados, uno asiste a la historia de un sobreviviente, gracias en algunos casos a su torpeza, a su desconocimiento de la vida elemental (no saber manejar cicla lo salvó en una ocasión de morir acribillado como sí cayeron todos sus compañeros de escuadra) y a sus saberes aprendidos fuera del ámbito escolar. Al final lo vemos disparar una sola vez en la vida, cuando a punto de casarse por primera vez, prueba suerte con una escopeta de aire comprimido en un parque de diversiones y le da, con excelente puntería para su asombro, a dos patos de peluche, una premonición: los dos primeros hijos con Ann, su bailarina esposa suiza que siempre bromeó con su buena puntería. Allí empezó y terminó con esa gracia velada, la historia bélica de un hombre que creció y se marcó con sangre en medio de una guerra que dejó millones de muertos y millones de tiros disparados realmente.
Pero retomemos la historia del fallido asesinato con el que comenzamos esta reseña. Luego de la expulsión del colegio, el escritor siente que se le abre una luz de esperanza. Su madre decide darle trabajo en su tienda como cobrador de deudores morosos. La decisión de la madre le abre dos mundos: su idea temprana del valor y el trato debido con el dinero, pues le pagaba un 6% sobre los cobros realizados y otra joya que definiría su futura profesión: las historias, los rostros, la vida que estaba oculta detrás de la casa donde el niño iba a cobrar las cuentas cada quince días.
No es el tema central de la historia pero sí es una clave importante dentro del libro: ¿qué hacer con un niño cuando es expulsado del colegio? ¿Qué le queda a un niño por fuera del sistema escolar? A lo largo de las 450 páginas se ven las respuestas que tienen mucho de azar y de circunstancias.
La guerra, la participación en la guerra, es una de esas respuestas duras, allá en esa lejana Alemania y aquí en esta cercana Colombia; otra respuesta es la lectura cotidiana, la mirada hacia el arte, la inclusión tiempo después cuando la guerra ha terminando: porque ellos, perdedores en una locura colectiva, comienzan en sus campos de reclusión a gestar el llamado "milagro alemán" que no era otra cosa que la conciencia del aprendizaje como una pasión más allá del currículo escolar, más allá de esa experiencia formal. Grupos de estudio se conforman en las prisiones: ingenieros, filósofos, arquitectos, artistas de renombre comienza a dictar clases en espacios improvisados. Grass se matricula en un curso de cocina, allí aprende a matar cerdos y a cocinarlos con todas las de la ley, aprendizaje que todavía hoy le sirve para a agasajar a los amigos reales y los irreales de siglos pasados (por su afición a la historia medieval), luego asiste a cursos formales de arte, donde no se necesitaba el grado de bachillerato, a continuación trabaja como escultor de lápidas en cementerios, en talleres. El grupo de grandes artistas alemanes y franceses le abre las puertas, Hans Werner Richter, Gottfried Ben, Bertold Brecht, Paul Celan escuchan sus poemas, aplauden sus dibujos; hereda la gran biblioteca de su suegro en Suiza; participa como expositor con sus grabados y sus esculturas en galerías de Europa, ilustra sus propios poemas (en realidad, como él lo expresa, no se puede hablar de ilustraciones sino de una continuación y anticipación de sus poemas); se hace músico y conforma un grupo de jazz en Berlín al que alguna vez visita Louis Armstrong con su trompeta enloquecida; aprende a fumar, se consolida como un gran bailarín (lo vimos bailando muerto de la risa con la reina de Suecia cuando le dieron el Nóbel); hasta que en algún momento llega “esa primera frase” que lo va a poner a escribir, a partir de allí, por toda la vida en una maquina de escribir Olivetti que todavía conserva. Y en la que todavía escribe.
Nadie, ni un Estado, ni una familia está preparado para asumir la vida de un niño expulsado del colegio, es una tragedia silenciosa que no tiene respuestas claras y eficaces dentro de las políticas públicas, excepto cuando las cosas se asumen con cabeza fría como hizo la madre de Grass: no es el fin del mundo, le dijo al niño, ponte a trabajar con nosotros en la tienda y sigue leyendo, pintando. Lo que ganaba lo empleaba en papel para pintar. Así, fue tejiéndose ese afortunado azar del cual tenemos noticias porque la otra historia no ocurrió: pudo haber muerto en combate.
Pero más allá del azar había, en esa Alemania arrasada, una disposición casi natural por la educación, el desarrollo de la ciencia, ese ambiente por el debate de ideas desde la filosofía y el arte que impidió que la guerra se hiciera interminable. Ese milagro no venía solo, esas nuevas industrias no estaban levantándose aisladas del contexto, todo aquello se estaba construyendo desde hacía tiempo y en el momento de posguerra (posconflicto como decimos en Colombia) aparecieron filósofos como Karl Jaspers que puso a la gente a pensarse como nación: “Queremos aprender a hablar unos con otros. Eso significa que queremos no solo repetir nuestra opinión, sino oír lo que el otro piensa. Queremos no solo afirmar, sino reflexionar en conjunto, oír razones, estar preparados para alcanzar una nueva concepción”.
Sus memorias siguen abriendo capas a la cebolla antes de tirarlas al sartén caliente. En algún momento, a sus 17 años huyendo de los rusos se encuentra con un compañero de desgracia llamado Joseph. Por mucho tiempo pasan hambre y frío tirados en una lona, pudiéndose alimentar solo de granos de comino. Joseph, quería seguir la carrera religiosa, el otro la de artista. En esa soledad fría ambos recitan sus propios poemas y entonces deciden jugarse el destino al albur de los dados: Ganó Joseph por tres puntos. Tiempo después, el azar también, de los dados, de la vida, les da noticias a cada uno del avance de sus respectivos oficios: Günter Grass gana el premio Nóbel de Literatura y Joseph Ratzinger es elegido Papa. Los unió por un instante la noche de la guerra y los separó por otro instante largo, las cifras casuales de los dados.
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